Libros de Ficción

Aerth Muund 1x01: Encuentro, 1a Parte

por JL Iglesias Feria

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Alest era el único humano que había en el vagón. No es que se encontrara sólo, aunque tampoco había muchos viajeros a esas horas en el tren, es que la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad estado de Tarios eran thibs o, mejor dicho, humanos mejorados mediante implantes thibs. Incluso las personas de las clases sociales más desfavorecidas lograban realizarse algún tipo de modificación. Algunos llegaban incluso a realizar grandes cambios en su cuerpo, con añadidos vistosos o intimidatorios. Otros, en cambio, sólo mejoraban las capacidades sensoriales o se especializaban para realizar algún tipo de trabajo, manteniendo un aspecto bastante humano. Uno de los principales motivos de tales ampliaciones era poder conectarse a los terminales y las redes de comunicaciones directamente con su cerebro, mediante dispositivos llamados entinas que se acoplaban en la nuca. Era cierto que algunos habían alegado motivos filosóficos para no realizarse ciertos cambios o incluso mantenerse humanos puros, aunque al final habían terminado abandonando la ciudad estado mucho tiempo atrás y ya era raro encontrarse con cualquiera de ellos. Aun así, ese no era el caso de Alest.

Su problema consistía en que, por alguna razón, su cuerpo rechazaba los implantes. Nadie había logrado encontrar una explicación para aquel hecho. Poseía un cuerpo sano y le habían hecho bastantes pruebas pero, las pocas veces que había intentado que le implantaran algún sistema thib, el resultado había sido el mismo. Al principio le creó un poco de frustración, pero con el tiempo aceptó el problema y ya hacía bastante que las molestias que le causaba se habían convertido en una rutina. Se había adaptado y, como a simple vista nadie podía determinar que no era un thib, no tenía apenas problemas sociales por ello.

Para conectarse a las redes, usaba unas gafas especiales, diseñadas y construidas por su amigo Lu, que le permitían realizar muchas de las funciones más básicas, como la visión y audición ampliada o la conexión a redes. Lu era el mejor médico thib clandestino que conocía y era el último experto que había intentado encontrar una explicación a su problema sin mucho éxito. Un tiempo atrás, lo ayudó con un incidente que tuvo con la hermandad que lo empleaba anteriormente y, desde entonces, trabajaba de forma independiente para Lu. Era mucho mayor que Alest y, extrañamente, era el único humano que conocía por elección. Nunca le había preguntado la razón, ni cómo era posible que alguien que no era thib se dedicara a aquella profesión pero, como Alest no deseaba que el viejo se entrometiera demasiado en sus asuntos, él no lo hacía con los suyos.

La labor que llevaba a cabo para Lu era simple: consistía en visitar a ciertos recicladores que proveían de algunos suministros a este. Alest investigaba en las redes sobre varios productos que Lu le indicaba y, una vez Lu contactaba y llegaba a algún tipo de acuerdo con el propietario, Alest iba hasta el lugar y cerraba el acuerdo. Lu le pagaba bien, le dejaba mucho tiempo libre y la tarea era menos peligrosa que el trabajo que realizaba con anterioridad.

En aquel momento, Alest venía de vuelta de una visita a un proveedor e iba de camino al local de Lu a llevarle el paquete que había recibido tras el pago por la mercancía. Había tenido que desplazarse a un sector algo alejado, lo que le había llevado toda la tarde porque tuvo que evitar algunos controles. El reciclador era un tipo bastante extraño y lo había recibido de una forma demasiado fría, así que realizó el intercambio y se marchó. Antes de emprender el camino de vuelta tuvo que visitar a un par de viejos conocidos para obtener unos pases de seguridad. Eso le había permitido realizar el trayecto de vuelta en los trenes sin tener que esquivar algunos sistemas de control. Aun así la noche estaba avanzada, el cansancio lo invadía y deseaba llegar lo antes posible al establecimiento de Lu.

El tren se detuvo en una de las estaciones y las puertas se abrieron para permitir el paso a los escasos viajeros. Aunque se acercaba a su destino, aun quedaban algunas paradas. Así que se quitó las gafas, se las guardó y se acomodó sobre el asiento para intentar descansar un poco. No había logrado coger la posición cuando ocurrió.

Hacía mucho tiempo que no le pasaba pero, como otras veces, lo primero que notó fue como si el tiempo se ralentizara hasta prácticamente detenerse. Luego, todo se volvió gris y silencioso. Como no era la primera vez que le ocurría, Alest no se alarmó y comenzó a buscarlo girando la cabeza en todas direcciones. En seguida lo localizó. El ente se había materializado dentro del vagón, justo en frente de una puerta que todavía estaba abierta. Como otras veces, se trataba de una niña que parecía irradiar luz al tiempo que todo lo demás parecía oscurecerse. Nunca lograba ver la parte superior de la cara de la niña porque iba prácticamente tapada con una capucha. Aun así, tenía el convencimiento de que lo miraba fijamente, que se adentraba hasta sus entrañas. Alest hizo el ademán de levantarse pero, antes de poder dirigirse hasta ella, la niña se giró hacia la puerta y la atravesó hacia el andén.

El efecto comenzó a desvanecerse, no tenía mucho tiempo, así que rápidamente se encaminó hacia la puerta más cercana antes de que esta comenzara a cerrarse. La traspasó sin problemas y se cerró tras él un instante más tarde. El tren reanudó la marcha y Alest se quedó sólo en el andén. Del ser, o lo que fuera, no había ni rastro, pero había aprendido a seguirlo cuando se le presentaba. Estaba seguro de que nadie más lo veía por lo que no había hablado de ello con nadie. Si él fuera un thib, pensaría que alguien se había colado en su entina y estaba jugando con su cerebro, pero Alest era humano, así que eso era imposible.

Se encontraba sólo en el andén. Evaluó unos instantes qué camino coger. Miró a ambos lados hasta que localizó la salida más cercana y se puso en marcha hacia allí. Cuando alcanzó la salida de la estación, esperó de nuevo. Ya sabía lo que iba a ocurrir a continuación. El tiempo se ralentizó y el ente volvió a aparecer. Esta vez, justo en frente de donde se hallaba pero algo más alejado y, tras mostrarse durante unos instantes, la niña giró hacia una de las calles que se veían al fondo. Cuando todo regresó a la normalidad, Alest se apresuró con paso ligero hacia donde había desaparecido. Al dar la vuelta a la esquina, vio que se trataba de una calle comercial relativamente estrecha. A esas horas había muy pocos establecimientos abiertos y no se veía a nadie más. No estaba muy iluminada, y la mayoría de la luz provenía de los múltiples anuncios sobre los que revoloteaban algunos insectos. Se volvió a poner en camino y recorrió la vía con cierto nerviosismo. No era una buena idea transitar esas zonas de noche, podías encontrarte con problemas. Metió las manos en los bolsillos y apretó el paso, atento a cualquier ruido que pudiera alertarlo de algún peligro.

Pasó por delante de un local donde, en los escalones descendentes hacia su semioculta puerta, había tres individuos sentados en la penumbra. Parecían jóvenes y charlaban en voz baja:

–¡Te digo que es verdad! –decía uno de ellos.

–¿Unos seres con forma de féminas y ojos anaranjados que descienden en artefactos voladores y se llevan a la gente? –pidió confirmar el otro.

–¡Que sí, que sí! –remarcó el primero–. Dicen que algunos no vuelven y otros aparecen días después pero no recuerdan nada.

–Se lo ha inventado –era la voz de una muchacha–. ¡Vaya una excusa mala para no ir! Si no quería hacerlo que lo hubiera dicho y punto.

–Seguro que se habrían metido algún nano raro –se burló el segundo–. Esos dos se inyectan cualquier cosa que les pasen.

–¡Que no, que no!, que de verdad vio como se lo llevaban –intervino el primero–. Y dicen que vienen de más allá de los muros de la ciudad estado.

Los otros dos siguieron riéndose del primero. Alest también sonrió por lo bajo porque sabía perfectamente de lo que hablaban. Se trataba de las naghins, a las que conocía muy bien. Muy pocos thibs las habían visto alguna vez y en general no sabían ni siquiera de su existencia. La inmensa mayoría no había salido nunca de la ciudad estado y no tenían ni idea de lo que había más allá de los límites de Tarios. No le extrañaba que, para muchos, fueran tan sólo un mito.

Alest continuó con su recorrido y los dejó atrás. Al poco, la calle comenzó a estrecharse. Empezaba a pensar si no era mejor idea volver al local de Lu y olvidarse de todo cuando volvió a ocurrir. La entidad en forma de niña se presentó de nuevo en una bocacalle perpendicular bastante angosta. Apenas espacio suficiente si se cruzaban dos personas. Alest se quedó mirándola y esta vez la niña esbozó una sonrisa y le sugirió con la mano que la siguiera. Sin esperar a su respuesta, la supuesta chiquilla giró en redondo y avanzó por el callejón. Alest avanzó hacia ella con bastante recelo. A pesar de que el tiempo volvió a avanzar de forma normal, al contrario que en otras ocasiones, el ser no desapareció.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?

No obtuvo respuesta. Dudó de si lo había dicho en voz alta o sólo lo había imaginado. Su mente parecía embotada. No pensaba con claridad. Durante un rato fue detrás de la niña esquivando obstáculos hasta que esta se detuvo frente a una puerta con un cartel luminoso en lo alto. Era un establecimiento para conectarse a metamundos. Alest no era muy asiduo a ese tipo de entretenimiento, principalmente, porque no tenía una entina con la que conectarse y sus gafas no le permitían una inmersión completa. El tiempo volvió a detenerse y la niña señaló hacia el cartel del local. No la entendió, lo único excepcional era que varios insectos se habían quedado paralizados en el aire frente al mismo. De repente, la niña habló:

–Nel.

Luego, desapareció. Era la primera vez que decía algo y Alest no supo como reaccionar. Su voz era muy melodiosa y extrañamente adulta, no era una voz infantil. La palabra pareció repetirse en su cabeza durante un buen rato. No sabía que significaba y no conocía tampoco a nada ni nadie que se llamara Nel. Quizá hubiera dentro algo o alguien que se llamara así. Con precaución, se acercó a la entrada. La puerta no se abrió, como solían hacer de forma automática la mayoría. Pero era normal si se tenía en cuenta la hora y la zona en la que estaba. Lo más seguro era que estuviese cerrado. Aun así, probó a usar el panel de intercomunicación. Esperó un rato y, sin que nadie contestara, la puerta se desbloqueó y se abrió.

Era el último momento para echarse atrás. Si decidía seguir adelante con aquella locura, no había ningún indicio de hasta donde podría llevarlo. Lu no sabía donde estaba y, si se metía en algún lío, nadie vendría a rescatarlo. A pesar de todo y sin saber porqué, entró y la puerta se cerró a su espalda.

El habitáculo no era demasiado amplio, apenas una recepción a un lado, un par de sitios donde sentarse al otro y unas escaleras al frente. Estaba bastante iluminado y tuvo que esperar a que sus ojos se acostumbrasen. Tras un mostrador, había una bibot. Simulaba ser una chica joven vestida de forma bastante insinuante mostrando gran parte de unos atributos femeninos algo exagerados.

–Es un placer para mí darte la bienvenida a Mundo Alternativo –dijo el bot con un cierto deje sensual en su voz.

Por un momento, Alest creyó que se había confundido con el tipo de establecimiento, pero luego confió en que la bibot fuera algún tipo de reclamo para la clase de clientela que regentaba aquellos antros. Tardó un poco más en darse cuenta de que ella estaba esperando a que seleccionara alguna opción de un menú que Alest no podía ver debido a que no tenía las ampliaciones de cerebro que poseían los thibs:

–¿Hay alguna forma de que pueda conectarme por cable?

–Por supuesto, cariño –contesto la bibot, al tiempo que se señalaba su propio ombligo.

Alest, que ya se había colocado las gafas y tenía el extremo del cable que salía de estas en la mano, no pudo más que resoplar con perplejidad. La consternación aumentó cuando, al enchufar el conector, la chica emitió un gemido bastante lascivo. Ignorándola, se concentró en el menú que apareció ante sus ojos. Destacaban metamundos violentos de luchas a muerte entre thibs cargados de implantes destinados a causar la mayor de las aniquilaciones. O metamundos que tenían un claro componente sexual. Comenzaba a dudar de la razón por la cual el ente lo había guiado hasta ese local. Intentó concentrarse y meditar sobre algún detalle que se le hubiera pasado por alto. Por mucho que lo intentó, no logró recordar nada destacable, así que volvió a revisar las opciones del menú, pero tampoco encontró nada en especial. No quería darse por vencido, así que seleccionó un mundo al azar.

La opción de menú se amplió y le solicitó la transferencia de un importe no demasiado elevado a pagar con un tipo concreto de moneda de una philia. Con toda seguridad, la que controlaba a la hermandad que, a su vez, administraba el local. Las philias eran los thibs que estaban en lo más alto de la pirámide social de la ciudad estado y cada una emitía su propia moneda electrónica. Alest revisó si tenía crédito de ese tipo, ya que pagarlo con moneda de otra philia supondría una penalización extra. No hubo problema y llevó a cabo el pago. El menú se desvaneció y en su lugar aparecieron unas indicaciones en forma de flechas luminosas que lo guiaban hacia las escaleras.

–Siga el camino hasta su puesto –remarcó la bibot–. Espero que tenga una experiencia de los más... excitante.

Alest subió varios tramos de escalones y luego atravesó un estrecho pasillo en el que había terminales para thibs. Las flechas indicaban uno de ellos, pero Alest no podía hacer uso del mismo. Aquello fue lo que más lo desconcertó. Durante un tiempo no supo que hacer y comenzó a dar vueltas en el angosto espacio intentando encontrar una explicación. Por último, se detuvo frente a la terminal. Se fijó en ella con más detenimiento. Cayó en la cuenta de que ya había visto una de esa clase tiempo atrás, mientras llevaba a cabo un trabajo. Buscó en la base de conocimiento que almacenaba en sus gafas y pronto encontró información sobre el modelo concreto, así como apuntes de su anterior misión. Revisó la secuencia que permitía ponerlo en modo de mantenimiento y lo llevó a cabo. Una de las partes del terminal se desplazó dejando al descubierto un conjunto de conectores.

Pinchó el cable que salía de sus gafas en uno de ellos e inmediatamente apareció bastante información frente a sus ojos. El trabajo anterior había consistido en modificar el terminal para robar información de la memoria del usuario que lo iba a usar a continuación. A Alest no le costó volver a realizar la misma operación hasta obtener acceso completo al sistema. Una vez hecho, le llevó muy poco tiempo tomar el control de la red que administraba todo el local. Advirtió que era el único cliente en ese momento en el recinto, así que bloqueó la puerta de acceso para evitar visitas inoportunas y sumió a la bibot en un estado de latencia.

A continuación, reflexionó sobre el siguiente paso a realizar. Aunque le parecía muy improbable, quizá el ente quería que recopilara información sobre el local o sus administradores. Como no se le ocurría nada mejor, comenzó a bucear en los datos. En eso tenía mucha experiencia. Poco después tenía unos buenos conocimientos sobre la hermandad que poseía el local, varias de sus redes y otros datos que visualizaba, mediante su gafas, como una inmensa maya tridimensional a su alrededor, pero nada de eso le decía nada. Localizó y tomó el control de varias inteligencias de la red y les ordenó llevar a cabo un rastreo de la palabra 'Nel' en dichas redes. En ese momento, algo extraño pasó. De pronto, Alest detectó otro usuario con acceso maestro a la red. Se movía muy rápido, más incluso que él, y derribó no sólo las defensas del sistema sino también algunas de las que Alest había desplegado. Estuvo a punto de tirar del cable y salir corriendo. Pero algo tomó forma en medio del conglomerado de datos que estaba visualizando, algo que conocía bien. Se trataba del ente. No obstante, lo que más extrañó a Alest fue que esta vez comenzó a hablar inmediatamente:

–El aprendiz tiene un largo camino que recorrer –era la misma voz que había escuchado antes–. Los maestros han perdido la sabiduría, las señales no son claras y la niebla de la discordia se tiende sobre las mentes de los justos.

Alest no encontró sentido a las palabras que le decía. Intentó preguntar pero la niña levantó la mano y algún tipo de chispazo eléctrico recorrió su mente. No le hizo daño, ni lo aturdió. Había sido un aviso, así que continuó escuchando en silencio:

–El equilibrio es inestable, el concilio no tiene fuerza aun y el aprendiz debe alcanzar los poderes superiores –continuó el ente–. Duros acontecimientos se están desplegando antes los ojos de los descarriados. Cuando ello ocurre, el aprendiz no debe cegarse por la luz, buscará la ayuda del mentor.

La niña volvió a levantar la mano y Alest se encogió temiendo otro ataque, pero esta vez mostraba la palma de la mano hacia arriba y, encima de ella, había un símbolo en el aire dando vueltas. Alest alargó con indecisión su propia mano para cogerlo, ya que entendía que se lo estaba ofreciendo. La niña continuó en la misma posición. Alest detuvo sus dedos a tan sólo unos centímetros del objeto y miró a la niña. No pudo verle los ojos, seguían ocultos por la capucha, sólo pudo observar con claridad su boca. Cogió por fin el símbolo, la niña esbozó una sonrisa, desapareció y se produjo una especie de estallido de luz que cegó a Alest.

Lo último que escucho antes de perder la consciencia y caer al suelo fue:

–Busca a Nel.

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