Libros de Ficción

Aerth Muund 1x01: Encuentro, 1a Parte

por JL Iglesias Feria

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Cuando Alest logró despertarse, comprobó que, al contrario de lo que pensaba, sólo había estado inconsciente unos pocos minutos. Sintió un ligero mareo aunque no tardó demasiado en despejarse. Se levantó del suelo apoyándose en una de las terminales. Por suerte, no se había golpeado en ninguna de ellas al desplomarse y sólo se notaba algunas partes de su cuerpo un poco doloridas. De pronto, recordó todo lo ocurrido y sintió como una oleada de ansiedad lo inundaba por completo. Su miedo lo impulsaba a salir del local sin perder tiempo, huir antes de que alguien lo encontrase allí, pero trató de guardar la calma. Primero debía hacer algunas cosas si no quería tener problemas más tarde, como asegurarse de borrar su rastro.

No llevaba las gafas puestas. Se habrían caído cuando se desplomó. Siguiendo el cable que aun estaba enchufado al terminal, las encontró detrás de una de las terminales. Comprobó que no se habían roto y se las acopló. En seguida se desplegó la misma información que estaba viendo justo antes de su último encuentro con el ente. Cerró muchos de los procesos que tenía abiertos pero, cuando intentó localizar el rastro que debería haber dejado en el sistema para eliminarlo, no encontró nada. Todo había sido borrado. Tampoco halló traza alguna de la visita del ente, por lo que no necesitó especular demasiado para asociar ambos hechos. La niña, o lo que fuese, había hecho un buen trabajo. Ya sólo quedaba desconectar, recoger el cable, quitarse las gafas y dejar la terminal como estaba al principio. Así lo hizo.

Bajó los escalones lo más rápido que pudo y, al llegar a la recepción, se encontró de nuevo con la bibot que, para disgusto de Alest, volvía a encontrarse en su modo habitual de funcionamiento:

–Es un placer para mí darte la bienvenida a Mundo Alternativo –repitió de la misma forma que la vez anterior.

No parecía que le recordase para nada. Otro regalo del ente. Sin contestarla, activo la puerta de salida del local y salió al estrecho pasaje. Echó un rápido vistazo y, tras comprobar que no había nada sospechoso, deshizo el camino por el callejón.

Alest intentaba no pensar en todo lo que había pasado, no era momento para ello, ya tendría tiempo más tarde de analizarlo con detenimiento. Ahora debía volver a la estación y coger el tren antes de que caducaran los pases se seguridad que tanto trabajo le había costado conseguirlos. Cuando llegó a la calle comercial revisó de nuevo la hora, todavía había tiempo de sobra, así que se encaminó hacia la estación con un paso ligero pero no demasiado rápido. No quería parecer sospechoso si lo veían abandonar el lugar.

Tras un rato caminando, se cruzó con un grupo de thibs que acababan de salir de alguno de los locales nocturnos, posiblemente iban bien puestos de algún tipo de nanos o moleculares. Hablaban alto, de forma extraña, y se movían de una manera bastante nerviosa. Alest ralentizó el paso y se alejó todo lo que pudo de ellos, pegándose al otro lado de la calle. Se detuvo en uno de los huecos, donde la luz era más tenue, y esperó a que pasaran. Iban discutiendo sobre algún tema de forma incoherente. Alest no logró entenderles. Se detuvieron un par de veces para intercambiar opiniones de forma airada pero, por suerte, tras unos cuantos aspavientos, reanudaron su camino. Iban tan inmersos en su divagación que no repararon en él, por lo que Alest continuó la marcha aunque miró algunas veces hacia atrás para asegurarse.

Pasó por delante del local donde había oído a aquellos muchachos hablar de las naghin y echó una ojeada, pero ya no se encontraban allí. Cuando volvió a mirar hacia el final de la calle, se sobresaltó al ver que, justo donde debía girar para ir directo hacia la estación, había estacionado un vehículo del que se estaban bajando algunos thibs. Lo que lo paralizó por completo fue comprobar la insignia de la hermandad que mostraba en su lateral.

En Tarios, los thibs se organizaban en hermandades que, en realidad, actuaban como auténticas mafias. En cada una de ellas había cerca de una centena de miembros, ya que, por alguna extraña razón que Alest desconocía, no podían sobrepasar los cien individuos. Cada una de ellas estaba liderada por una cúpula de unos cinco a diez dirigentes y el resto se dividían en asistentes, técnicos, guardias y otros trabajadores. Todas ellas, a su vez, poseían un número diverso de bibots que, según su poder adquisitivo, podía tratarse de una cantidad muy elevada. En eso no parecía que hubiese límites. Otra peculiaridad es que debían declarar los oficios a los que se dedicaran, ya que las hermandades sólo podían ejercer un número limitado de actividades. Eso no evitaba que muchas realizaran otros tipos de trabajos de forma clandestina, lo que provocaba un sinnúmero de conflictos entre ellas, la mayoría violentos.

Existían dos tipos de hermandades: las superiores y las inferiores. De las primeras había ciento treinta y tres y eran las únicas que podían operar directamente con las philias, aunque nada más que podían hacerlo con una de ellas a la vez. Prácticamente todo el mundo las conocía. Las segundas, unas cuatrocientas, eran contratadas por las superiores para llevar a cabo ciertas tareas, aunque podían trabajar para varias a la vez. Su número podía variar porque se creaban y desaparecían continuamente debido a la lucha competitiva y violenta que existía entre ellas. Aparte, había algunos individuos que actuaban por su cuenta, de forma independiente. Muchos de ellos debían de hacerlo de forma clandestina y eran perseguidos por las hermandades que se dedicaban a la misma labor, ya fuera de forma oficial o encubierta. Entre estos últimos se encontraba Lu y, desde hacía algún tiempo, el propio Alest.

Una vez que alguien entraba a formar parte de una hermandad, sólo podía abandonarla si lo expulsaban o si moría. Teniendo en cuenta que la expulsión conllevaba normalmente una sentencia de muerte, la permanencia a una hermandad era, a la hora de la verdad, un contrato de por vida. La única libertad en este sentido es que los jóvenes no tenían la obligación de elegir hermandad hasta cierta edad, y no estaban obligados a vincularse a la hermandad que se había encargado su cuidado. Incluso podían crear las suyas propias si se juntaban en un número suficiente. En ocasiones, algunos thibs huían a otras hermandades o estas los sobornaban para que se pasaran a las mismas, pero en esos casos siempre había algún interés de por medio y las extracciones, como ellos las llamaban, se producían siempre de forma violenta. Si alguien huía, era perseguido y, cuando era alcanzado, se le daba algún tipo de muerte ejemplar.

Alest había trabajado anteriormente para una hermandad llamada Arega, de la que había tenido que huir de muy malas formas cuando fue cobijado por Lu. Cada hermandad escogía una insignia que era el símbolo que la identificaba. El vehículo que tenía delante, a tan sólo unas decenas de metros, mostraba la insignia de Arega.

Alest no lograba apartar la vista de la escena. No podía ser, aquella no era la zona natural de operaciones de Arega. Ni siquiera era su sector. Era raro que estuvieran allí, pero tenía que reaccionar, así que examinó los alrededores y se acercó disimuladamente a una zona menos iluminada de la calle para ocultarse entre las sombras. Volvió a mirar hacia donde se encontraban los miembros de Arega, que ahora parecía que se dividían en grupos para rastrear la zona, ya que todo indicaba que estaban buscando algo o, más probablemente, a alguien. Alest debía pensar con rapidez, no podía quedarse allí. Quizá no fuera el objetivo de aquella búsqueda, pero se convertiría rápidamente en la presa si lo identificaban.

No había demasiadas opciones, en esa parte de la calle no había otras salidas laterales como la que lo había llevado hasta Mundo Alternativo, y no veía ningún local abierto. La única opción que quedaba era retroceder, pero no podría hacerlo por mucho tiempo. Debía buscar algún lugar donde refugiarse hasta que pasaran unas horas. Eso suponía perder la oportunidad de volver en tren, ya que el pase de seguridad habría caducado para entonces, pero mejor eso que caer en las manos de Arega. Entonces recordó a los muchachos thibs que hablaban de las naghins. Había posibilidades de que el local todavía siguiera abierto.

Vigiló los movimientos de los thibs de la hermandad y aprovechó una oportunidad en la que no parecía que estuviesen mirando hacia aquella dirección. Fue aprovechando las zonas que se encontraban más en penumbra para desplazarse lo más rápido que pudo sin levantar sospechas y evitó con todas sus fuerzas girar la cabeza para curiosear. La distancia que lo separaba del local no era demasiado grande, pero se le hizo interminable. Cuando estuvo enfrente, miró por fin hacia atrás pero, sorprendentemente, no localizó al grupo de la hermandad. Tal vez fueran a otra parte del sector o a otro nivel del mismo, aunque eso sería tener suerte y Alest no parecía tener demasiada esa noche.

Atravesó la calle y descendió los escalones hacia la puerta del local. Si no estaba abierto y los thibs iban en aquella dirección, no tendría salida. Esperó que su fortuna no lo hubiera abandonado del todo. Se acercó a la puerta pero no se abrió automáticamente. En seguida buscó un panel de control. Lo encontró en la parte derecha. En su zona superior aparecía la insignia y el nombre de la hermandad, Klauth, que no le sonaban de nada o, a lo mejor, no lograba recordarlo debido a su estado de nervios. Se puso de nuevo las gafas y dirigió su vista al panel. En seguida se manifestó a su lado una thib virtual vestida de forma bastante extraña. Ahora recordaba a la hermandad. Se distinguía por un estilo bastante exagerado de implantes thibs con aspectos metálicos, maquillajes muy marcados sobre tonos de piel muy claros, y ropa morada y púrpura. La inteligencia que controlaba a la thib virtual le mostró sobre una mano una cantidad de dinero mientras, muy seria, lo señalaba con el dedo índice de la otra mano. Estaba claro que debía pagar si quería entrar. No se fijó demasiado en la cantidad y emitió con un pensamiento la orden de pago. La chica se lo agradeció mostrando una ligera sonrisa en la comisura de sus perfilados labios. También hizo un gesto de permitirle el paso al tiempo que la puerta del establecimiento se desplazaba para dejarle entrar:

–Le recordamos que en menos de una hora nuestro local cerrará sus puertas –le aclaró la supuesta chica.

No era mucho tiempo, pero lo aprovecharía para pensar en otra solución. Ante él se extendía un pasillo con una singular decoración e iluminado por una luz rojiza con intensidad fluctuante. Ahora que estaba dentro se tranquilizó un poco. Dio las gracias por llevar ropa oscura, que le permitiría pasar algo más desapercibido en ese ambiente, y comenzó a atravesar el pasadizo. Por el camino se cruzó con un par de chicas thibs que no se diferenciaban demasiado de la virtual que había a la entrada. No le prestaron apenas atención a Alest. Cuando llegó al final, se encontró con un guardia de seguridad bastante grande y alto que le exigió pasar un reconocimiento de implantes. Alest ya había pasado otras veces por este tipo de eventualidades, así que no se puso nervioso.

Del interior de su chaqueta extrajo una funda de la que sacó un collarín de seguridad y se lo colocó en la nuca. En realidad, su collarín no se conectaba a su entina, ya que no poseía, pero simulaba tener una para el aparato, bot o thib que se conectara a ella. No sólo servía para eso, con ella lograba hacer muchas más cosas, bastante útiles, y además tenía conexión con sus gafas, pero por ahora no sería necesario usar esas características. Era otra de las genialidades de Lu. Conectó el cable de su collarín a un pequeño aparato que llevaba acoplado el guardia en su brazo. Ante la vista del thib se mostró un hipotético informe de implantes inocuos a los que el portero no tardó en dar el visto bueno. Le abrió la puerta que daba acceso a la sala principal e inmediatamente una música estridente inundó su sistema auditivo. Algunos thibs, con más o menos el mismo aspecto que los que había visto hasta el momento, estaban desperdigados por el recinto donde varios habitáculos situados a diversos niveles se elevaban sobre una pista central. No se había planteado hasta ese momento el tipo de local, sólo lo había escogido como una ruta de escape, pero podría convertirse en una buena elección si encontraba algún rincón relativamente tranquilo donde meditar. Pronto localizó un habitáculo que no estaba ocupado en una zona alejada del resto y se dirigió hace él poniendo la máxima distancia posible con los demás clientes, especialmente con un grupo de varones thibs algo amenazantes que iban con parte del torso al desnudo y sobre cuya piel se desplazaba y transformaba continuamente una serie de tatuajes.

Se sentó en una posición que le posibilitase pasar lo más inadvertido. Pero, nada más hacerlo, pudo percibir mediante sus gafas otro ente virtual, esta vez con aspecto de camarero, que se desplegaba sobre la mesa que tenía delante:

–¿Qué desea tomar? –le preguntó la figura.

Estaba claro que Alest no se iba a librar de desembolsar algo más de su dinero, pero no le quedaba más opción:

–Lo que sea mientras no tenga nanos ni moleculares –indicó Alest–. ¿Qué me sugieres?

El camarero nombró varias bebidas de las que Alest no había oído nunca hablar. Le daba igual, así que escogió la primera. El camarero desapareció y Alest comenzó a trastear con sus gafas para intentar establecer una conexión desde allí con el local de Lu. La red inalámbrica del local le volvió a pedir dinero por su uso, pero esta vez Alest conocía algunos trucos para saltárselo. Probó con algunos hasta que logró dar con uno que le funcionó, justo en el momento en el que una bibot de aspecto mucho más chocante de lo que había visto hasta ahora le servía la copa. Alest incluso hizo un gesto instintivo de echarse hacia atrás. La bibot lo miró inexpresiva y, sin decir nada, se marchó. El brebaje no tenía un aspecto nada atrayente y, tras olerlo, lo dejo en el mismo sitio sin probarlo. Alest retomó su tarea y en un breve espacio de tiempo logró que gran parte del local que lo rodeaba quedara sustituido por un sistema que conocía muy bien, el de Lu.

Lo primero que hizo fue lanzar algunas inteligencias para que realizaran una búsqueda sobre el local y la hermandad que lo administraba. Necesitaba saber dónde se había metido y las posibles rutas de huida. Había llegado el momento de pensar sobre las alternativas que tenía para salir de aquella situación. A esas alturas estaba claro que no llegaría al tren a tiempo para poder hacer uso de sus pases, pero tampoco podría pasar demasiado tiempo escondido allí ya que no tardarían en cerrar el sitio y echarlo de allí. En principio, tenía dos opciones: buscar un refugio cercano donde pasar la noche o buscar otro medio de transporte. La segunda era muy complicada dada la zona, la hora y su poder adquisitivo, así que no había mucho más que decidir. Lo siguiente que pensó fue que debía hablar con Lu, no sólo para ponerlo al tanto de lo que le había ocurrido sino también para intentar obtener algo de ayuda. Lu había demostrado ya ser una persona con bastantes recursos. Eso supondría despertarlo, pero la tesitura lo exigía. Ante el asombro de Alest, contestó pronto a su conexión:

–Aun despierto –dijo Alest en cuento apareció la imagen del anciano que llevaba unas gafas muy similares a las suyas puestas.

–Urgencia de última hora –aclaró Lu–. ¿Se puede saber por qué no has llegado aun? El material que espero lleves encima me vendría muy bien en estos momentos.

–El intercambio fue bien –se defendió Alest–. Pero la cosa se ha complicado en el camino de vuelta.

Lu puso su típica expresión de resignación y, tras suspirar, preguntó:

–¿En qué maldito lío te has enredado ahora?

–Ya te lo contaré con más detalle cuando llegue –contestó Alest evasivo–. Ahora necesitaría saber si conoces a alguien cerca de mi posición que me pudiera dar cobijo durante el resto de la noche.

Lu esperó a recibir la posición geográfica de Alest. Luego, puso cara de extrañeza y pareció reprimir la formulación de un montón de preguntas que con seguridad se estaría haciendo. Suspiró, amplió el mapa volumétrico de la zona y reflexionó sobre la cuestión:

–No conozco a nadie en esa zona concreta. Al menos en ese nivel del sector. Sí que podría hablar con un reciclador que, con suerte, estaría tres niveles más abajo, pero preferiría no hacerlo. No te iba a gustar.

–De todas formas eso sería demasiado lejos tal y como están las cosas.

–Tampoco te aconsejo que te quedes mucho tiempo donde estás ahora mismo, esa gente es peligrosa.

–Ya me he dado cuenta –contestó Alest–. Voy a intentar localizar algunos de mis contactos.

Lu se despidió con un gruñido reprobatorio y cortó la comunicación. Alest volvió a su sistema y comenzó a evaluar posibles candidatos. Poco después, la inteligencia le informó de que tenía preparada la información que le había pedido sobre la hermandad y el local. Alest le pidió que se la mostrase y esta le enseño un resumen con lo más significativo. A continuación le preguntó a la inteligencia acerca del sistema de red que había montado en el local. Desde que había logrado burlar el pago por su uso tenía una sospecha que la inteligencia le confirmó. Eso significaba que no le iba a ser difícil hacerse con el control de la red e intentar un asalto al resto de sistemas. Algunos de sus conocidos en la zona eran traficantes de información y no podía acudir a ellos sin algo que ofrecerles a cambio. Si lograba obtener algún dato interesante, lo usaría en una posible negociación. Volvió a su lista de candidatos. Una matriz con múltiples caras se mostró ante él. No eran muchos y, como Lu, prefería no tener que recurrir a bastantes de ellos. Al final se decidió por uno algo raro pero que tenía una debilidad que podría explotar.

Una vez se hizo con el control de la red inalámbrica del local, introdujo a dos de sus inteligencias en la misma y les pidió que desplegaran una batería de ataques de ciertas vulnerabilidades para tomar el control del sistema superior. Mientras, se levantó de su sitio y, tras localizar los baños, se fijó en una puerta que había cerca de estos. Se dirigió hasta ella simulando ir hasta los aseos pero, una vez allí, se quedó esperando, disimulando. Aguardó el informe de una de sus inteligencias y, en cuanto esta le confirmó que tenía acceso, le ordenó que desbloqueara la puerta objetivo. Inmediatamente, un símbolo en su panel de control cambió de color y Alest, tras comprobar que nadie lo observaba, es introdujo en una habitación que se encontraba a oscuras:

–Bloquea la puerta y simula que está estropeada –le indicó a una de las inteligencias–. Dame un poco de luz aquí dentro.

Una de los focos se iluminó tenuemente y le permitió ver que se encontraba en algún tipo de almacén con partes de cuerpos de bibots similares a los de la camarera que la había servido la bebida. Eran bastante perturbadores, así que volvió a desplegar visualmente su sistema para evitar fijarse demasiado en lo que le rodeaba.

Se concentró en revisar la labor que habían realizado las inteligencias, para evitar ser descubierto, pero todo parecía correcto. Con la ayuda de varias inteligencias más, no tardó en acceder a parte del sistema de la hermandad. Realizó un rastreo superficial en busca de datos interesantes, pero no halló nada. Debía darse prisa ya que, si lo descubrían, era hombre muerto y la hora de cierre del local se acercaba. Se centró en localizar la información de los dirigentes de la hermandad y revisar sus espacios privados dentro de la red. Por suerte, algunos de ellos no eran muy celosos con sus protecciones, y logró acceder a varios registros de conversaciones y audiovisuales. Sus años de experiencia lo ayudaron a localizar unos que parecían prometedores. No hacía falta que lo fueran, con que lo parecieran le serviría de cara a una negociación con el traficante. Le llevó poco tiempo copiarlos y dejó a sus inteligencias borrando su rastro mientras se preparaba a salir por la puerta. Antes de hacerlo, tenía que comprobar que nadie lo veía, así que se apoyó en el uso de los audiovisuales del local para asegurarse de ello.

En ese momento, se percató de algo que iba a complicar aun más las cosas. En uno de los audiovisuales del pasillo, observó como dos thibs de la hermandad Arega, junto a uno de sus bibots de combate, discutían con el portero de la entrada. Al parecer, este no autorizaba el acceso del bibot al local. Alest no podía permitir que entraran tampoco los otros dos thibs, así que intentó ver si tenía acceso al aparato que llevaba incrustado el guardia, el escáner de implantes. Debía de hacerlo rápido, así que se ayudó de varias inteligencias para ello mientras seguía con un ojo puesto en el audiovisual. Localizó el dispositivo del guardia justo cuando vio al bibot retroceder hacia la puerta exterior al tiempo que los thibs de Arega se colocaban los collarines. Alest se quedaba sin opciones, por lo que recurrió a tácticas más agresivas. Con un ataque vírico logró sobrecargar la red, bloqueando varios sistemas, incluido el escáner del guardia que, como podía apreciar en el desplegable, miraba extrañado su aparato. Alest revisó el resto de paneles y vio como un par de thibs del interior del local también miraban perplejos otros dispositivos. Por fin, logró acceder al escáner y cargó en él varios informes que rápidamente le habían preparado sus inteligencias con una lista de implantes bastante comprometidos. Alest retiró sus virus y los sistemas volvieron a funcionar. El guardia llevó a cabo la revisión de implantes y obtuvo la lista de implantes que Alest había colado.

A continuación, se desató el caos. Alest apenas pudo seguirlo a través de los audiovisuales. El guardia creyó que los thibs venían a cometer algún tipo de ataque o atentado, así que avisó por la red interna del local de ello. Muchos de los thibs que quedaban en el recinto se pusieron rápidamente en marcha hacia la puerta. La mayoría desplegaron armas de sus propios cuerpos que Alest no había ni imaginado que existieran. Los thibs de Arega sospecharon algo y comenzaron a retroceder, pero el guardia se transformó literalmente e intentó acabar con ellos. Los Arega no le iban a la zaga en implantes de combate y, al contrario de lo que hubiera apostado Alest, el guardia cayó abatido al suelo en un abrir y cerrar de ojos. Los thibs de Arega intentaron la retirada mientras su bibot volvía a entrar en escena para, imaginó Alest, cubrirlos en su huida. No habían salido ilesos de su enfrentamiento con el guardia: uno iba cojeando y con un brazo inerte. Los Klauth se volcaron en tromba por el pasillo y varios cayeron abatidos cuando el bibot Arega uso algún tipo de armamento explosivo que no esperaban. No le sirvió de mucho, ya que los supervivientes lo acribillaron con diversos tipos de armas de proyectiles. Quedó peor que el portero. Mientras, los thibs de Arega habían logrado salir a la calle, así que los thibs de Klauth comenzaron su persecución por la misma. Los Arega no tardarían en conseguir la ayuda de sus compañeros, lo que podía desembocar en una auténtica batalla entre ambas hermandades.

Alest evaluó si huir del local o permanecer oculto en él. Si lo localizaban los Klauth que aun quedaban en el local, podía ocurrir que lo confundiesen con un cómplice de los Arega, bastante irónico, así que era mejor desaparecer aprovechando la confusión, aunque también conllevaba sus riesgos. Pidió a sus inteligencias que le mostraran un plano volumétrico del local y sus alrededores y, tras examinarlo detenidamente, localizó un acceso trasero. Desde donde estaba, no le sería difícil acceder a él, así que desbloqueó toda la serie de puertas que lo conducirían a dicha salida. Caminando agachado, siguió el camino que sus gafas le indicaban. La mayor complicación surgió cuando tuvo que pasar por detrás de un thib sin que este se diera cuenta, pero lo logró sin contratiempos y, en poco tiempo, estaba fuera del local en un callejón algo estrecho, parecido al que había usado apenas una hora antes siguiendo al ente.

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