Libros de Ficción

Aerth Muund 1x01: Encuentro, 1a Parte

por JL Iglesias Feria

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–No me explico cómo has sido capaz de conseguir estos audiovisuales. ¿Es eso un bibot de combate? No sabía que los Arega se hubieran hecho con ese tipo de modelo. –dijo Doukh mientras observaba los thibs huyendo del local de los Klauth y al bibot entrar en escena para provocar la explosión– ¡Uf! Eso les ha tenido que doler.

–Será mejor que nadie sepa cómo los has conseguido –contestó Alest. Aun no se había despertado del todo, el sofá le había molido la espalda–. ¿Tienes mi pase preparado?

–Paciencia, compañero –replicó Doukh sin prestarle atención, en ese momento el bibot caía abatido y los Klauth salían en tromba en persecución de los thibs de Arega–. La cosa se ha complicado con los incidentes de anoche.

–¿Complicado? –se sorprendió Alest–. ¿Me estás diciendo que una escaramuza entre dos hermandades inferiores te van a retrasar en conseguir un pase? Te creía mejor, quizá estés perdiendo facultades.

Doukh lo miró directamente por primera vez en bastante tiempo, con una expresión de confusión en el rostro. Lo hizo por un rato hasta que, de pronto, se echó a reír de forma estruendosa. Ahora era Alest el que estaba totalmente desconcertado:

–¡No lo sabes! –gritó Doukh, mientras se retorcía de risa sobre la terminal–. ¡Has estado tan entretenido consiguiendo audiovisuales que no tienes ni idea de lo que pasó anoche!

Alest terminó enfadándose. Se acercó hasta el incómodo sofá donde había intentado descansar las últimas horas de la noche pasada, recogió su chaqueta y sus gafas con furia y comenzó a caminar hacia la salida:

–Me parece que voy a tener que buscarme el pase por mi cuenta –dijo Alest.

–No creo que sea buena idea que te vayas en este momento –comentó Doukh, aun ahogándose entre risas–. La seguridad de las philias están por toda la ciudad.

Alest se detuvo cuando la puerta de la habitación ya se había abierto, y se giró:

–¿Las philias? –preguntó Alest sin comprender.

–¡Pues claro! –confirmó Doukh –. Quieren saber qué pasó con sus féminas.

Alest se acercó poco a poco hacia Doukh y arrojó de mala gana la chaqueta de nuevo en el sofá:

–¿Las féminas de las philias? –preguntó Alest interesado. Ahora sí que estaba totalmente desorientado.

–¡No puede ser que no te hayas enterado! –Doukh lo seguía mirando con una sonrisa de suficiencia en la cara–. Desde que has dejado de traficar con datos no has vuelto a ser el mismo. ¿Te he dicho alguna vez que eras el mejor que he conocido? Deberías replantearte tu situación con el viejo y volver a...

–¡Doukh! –exclamó Alest con rabia–. ¿Me lo vas a contar de una maldita vez o me largo?

–¡Tranquilo, Tranquilo! –respondió Doukh levantando las manos en señal de rendición. Se aclaró la garganta, hizo una pausa melodramática y continuó–. Resulta que anoche, mientras algunos se entretenían en huir de cierta hermandad, veintiún féminas, todas philias, se volvieron locas a la vez y comenzaron a atacar a todos los que estaban a su alrededor. Se habla de unos cincuenta muertos y cientos de heridos, incluidos otros philias. ¡Deberías ver algunos audiovisuales, son tremendos!

Alest estaba perplejo, no sabía ni que decir. Doukh había logrado su objetivo, por lo que continuó:

–Así que, como te puedes imaginar, las philias afectadas, que son la mayoría, han desplegado sus fuerzas por toda la ciudad para investigar lo ocurrido.

Alest salió de su estupor, buscó a toda prisa las gafas y se las colocó. De forma inmediata se conectó a los sistemas de Doukh y comenzó a solicitar toda la información de la que disponía este. Pronto se desplegó ante sus ojos un mapa volumétrico de la ciudad estado de Tarios y unos puntos marcaban las zonas donde se habían producido incidentes. De estos salía finos hilos hasta unos paneles con datos y audiovisuales sobre los mismos:

–¿Un ataque vírico? –preguntó Alest.

–Probablemente –contestó Doukh–. Pero si es así, no han encontrado nada aun. Parece un ataque selectivo, todo féminas y todas philias.

–¿Cuántas hermandades tendrían la tecnología o los medios para poder hacer algo así? –preguntó retóricamente Alest.

–Muy pocas, y todas superiores –corroboró Doukh–. Lo que nos lleva a las propias philias. No eres el único que ha pensado en eso. Ya circulan rumores acerca de una de ellas, Kaikos.

–Demasiado obvio –contestó Alest–. Imagino que muchos creerán que, como está en decadencia, intenta una maniobra desesperada contra las demás. No creo que actualmente posea los medios para llevar a cabo un incidente de este tipo. Además, les perjudicaría más que beneficiarles, ya que, como está pasando, las sospechas recaerían enseguida sobre ellos.

–Pero es la única cuyas integrantes no han sufrido ataques –matizó Doukh.

–Razón de más –reiteró Alest–. Sería demasiado descarado. Suena más a que alguien intenta hacerles cargar con la culpa.

–Tal y como yo pensaba –dijo Doukh–. Lo que nos llevaría a las hermandades superiores. Quizá alguna intenta derribarla para optar a su puesto. No sé si tampoco te has enterado, pero en las últimas semanas ha habido movimientos entre varias de ellas tras conocerse que la hermandad Nimian está pensando en retirar su apoyo a Kaikos.

–Lo que haría que Kaikos perdiera la condición de philia y se abriese la posibilidad de que alguna de las hermandades superiores optaran a dicha categoría –continuó Alest–. Sí, he oído sobre ello. No estoy tan desconectado como tú te crees. De todas formas, no descartaría tan pronto al resto de philias.

–¡Vaya! ¿Estás sugiriendo que alguna ha provocado bajas entre sus propios miembros para encubrirse? –se extraño Doukh–. Si consigues pruebas de eso no dudes en traérmelas.

–Dentro de las propias philias existen rencillas y disputas por el poder.

–En eso puedes tener razón –reconoció Doukh– pero, mientras no aparezcan más pruebas, todo serán especulaciones y eso, amigo mío, no vale nada. Bueno, entonces, ¿qué? ¿Estás dispuesto a volver al negocio?

–No –rechazó Alest mientras se quitaba las gafas–. Estoy retirado, ya lo sabes.

–Pues, con lo que me trajiste anoche, nadie lo diría –ironizó Doukh.

–Eso fue una excepción –se justificó Alest mientras recogía de nuevo su chaqueta y se la ponía, guardando las gafas en uno de sus bolsillos–. Por ahora, estoy muy a gusto con Lu que, por cierto, estará esperándome. Así que, ¿me puedes conseguir un pase o no?

–No te mentía antes cuando te dije que la cosa está complicada –dijo Doukh para exasperación de Alest– pero, ¿cuándo te he fallado yo? Me has traído buen material. El pase lo tienes ya cargado en tu sistema. Lo que ocurre es que no lo podrás usar hasta dentro de casi una hora.

Alest volvió a sacar las gafas y, tras colocárselas de nuevo, lo comprobó. Así era. Conectó el cable de las mismas en uno de los terminales de Doukh. Probó a conectarse con el sistema de Lu pero no pudo:

–Hay inteligencias rastreando todas las redes. Las comunicaciones entre sectores se han restringido –le aclaró Doukh al ver lo que intentaba.

–Y me vas a decir que tú no tienes forma de saltártelo –indicó Alest.

–¡Por supuesto! –exclamó orgulloso Doukh– Pero preferiría no hacerlo con mis llaves de cifrado.

Alest suspiró y desconectó las gafas del terminal:

–De acuerdo, ¿dónde me conecto? –preguntó con el cable en la mano.

–En ese terminal –dijo Doukh, señalándolo–. En seguida te preparo la conexión, aunque me debes una.

–Siempre tan altruista –dijo Alest al tiempo que conectaba y usaba sus llaves para establecer una conexión segura con el sistema de Lu.

–¡Ah! Los negocios son los negocios –indicó Doukh mientras se acomodaba en su terminal y volvía a los audiovisuales.

Alest no tenía ganas de hablar con Lu. Eso requeriría dar explicaciones y aguantar sus recriminaciones. Las estaciones de las líneas de tren que podía usar con el pase que le había preparado Doukh no quedaban cerca del local de Lu. Calculó el tiempo que tardaría en llegar a la más cercana y decidió dejarle un mensaje indicándole que todo estaba bien y que lo recogiera allí a dicha hora. Lu poseía un vehículo de transporte biplaza que usaba para sus asistencias médicas. Era una forma de desplazarse sin llamar la atención y Alest no quería correr más riesgos. A Lu no le gustaría tener que hacerlo, pero Alest sabía que, aunque refunfuñando, al final lo haría.

Alest desenchufó el cable, se guardó las gafas y se marchó. Doukh estaría ya intentado obtener algún tipo de beneficio de los audiovisuales que le había traído, así que no lo interrumpió. Bajó unas escaleras que lo condujeron a un patio estrecho donde una fémina anciana con varios implantes thibs de baja calidad y bastante viejos estaba mascullando algo ininteligible. Atravesó un pasaje angosto que desembocó en una terraza alargada. Era una de muchas que pertenecían a un inmenso bloque residencial para thibs que trabajaban para diversas hermandades inferiores. Alest tuvo que caminar a lo largo de la terraza durante un buen rato.

Pasó junto a un grupo de críos que tenían sus collarines conectados a un aparato de aspecto achacoso. Algunos tenían una sonrisa algo estúpida en la boca mientras otros tenían las miradas perdidas. Alest no podía saber lo que estaban viendo, pero se lo podía imaginar. Con esas edades todavía poseían cierta independencia y no sería hasta más tarde cuando deberían unirse a alguna hermandad. Muchos eran huérfanos, habían sido abandonados por sus progenitores o habían huido de ellos. Solían agruparse y buscarse la vida como podían para sobrevivir. Muchas hermandades inferiores los usaban para trabajos menores, aunque peligrosos, o como portadores de información. Los dejó atrás mientras unas risas infantiles brotaban de ellos al unísono. Localizó los elevadores y esperó, junto a un grupo de gente, a que llegara uno. Cuando lo hizo, se introdujo entre apretones dentro. No tardó demasiado en llegar hasta el nivel que estaba más cerca de la estación a la que se dirigía.

Lo primero que apreció cuando salió del elevador y se incorporó al flujo de gente de la calle es la presencia inusual de patrullas en todas partes. Había un montón heterogéneo de insignias, pero la de Arega no parecía estar entre ellas. Se notaba la tensión en el ambiente y trató de pasar de la forma más inadvertida posible. Llegó sin demasiados contratiempos hasta la entrada de la estación. Allí tuvo que esperar más tiempo del que había planeado debido a los controles extras que se habían puesto en marcha por parte de las hermandades superiores que controlaban el sector. Eso había provocado largas colas y retrasos. No le vino del todo mal porque, de todas formas, tendría que haber esperado hasta que el pase estuviera activo. Alest se lo tomó con paciencia y algún tiempo después estaba en el tren camino de su destino.

Alest aprovechó el trayecto para echar una cabezada. No quería pensar en todo lo que había ocurrido la noche anterior, ya lo haría cuando tuviera que contárselo a Lu más tarde. Tuvo un sueño bastante extraño que se entremezclaba con la realidad que había a su alrededor y los acontecimientos de la pasada noche. Una de las veces que abrió los ojos se dio cuenta de que el tren estaba detenido en su estación de destino con las puertas ya abiertas. De un salto se puso en pie y tuvo que correr empujando sin querer a un par de pasajeros para salir a tiempo del vagón. En el andén había mucho movimiento. Se dejó conducir por la marea de thibs hacia la salida. Tuvo que recorrer varios pasillos y elevadores hasta llegar al nivel en el que debería estar esperando Lu. Alest llegaba con algo de retraso, lo que elevaría el enfado que tendría este con él. Se dirigió a la zona reservada para los vehículos, pero se extraño de no ver el de Lu entre ellos. En la zona existía el mismo ajetreo de hermandades de seguridad que había visto en el otro sector, por lo que prefirió no quedarse por allí y caminar hasta un lugar más discreto. Al mismo tiempo, se colocó las gafas y contactó con los sistemas de Lu. Al hacerlo desde el sector donde estaba ubicado su local, no tuvo problemas, aunque se notaba cierta latencia debido al inmenso número de inteligencias que todas las hermandades y philias parecían haber desplegado. Aun así, varias de sus inteligencias estaban rechazando a otras que intentaban fisgonear. Se estaba desarrollando una autentica guerra en las redes.

Revisó el mensaje que le había dejado a Lu y vio la confirmación de lectura de este. Luego intentó contactar con el propio Lu pero no le contestó. Tampoco había ningún mensaje de vuelta. Era extraño. Sí hubiera tenido que salir a un trabajo urgente se lo habría indicado de alguna forma. Esperó un rato por la zona, aunque evitando pasar dos veces por el mismo sitio para que los destacamentos que estaban por todas partes no se fijaran en él. Pasado un tiempo, volvió a intentar contactar con Lu pero de nuevo sin éxito. Alest comenzó a sentir bastante inquietud. Decidió no esperar más y ponerse en camino hacia el local de Lu. Solicitó al sistema de las gafas que le buscara la ruta más rápida y directa hasta el local y ante él apareció una serie de flechas indicando el camino a tomar.

Mientras andaba, pidió a varias inteligencias que fueran analizando las insignias de las hermandades que había a su alrededor y le fueran informando. Arega no iba nunca por aquella zona pero, después del incidente de la pasada noche y viendo el excesivo movimiento de hermandades, prefería ser previsor. También estuvo atento por si veía algún Klauth. No descartaba la posibilidad de que lo hubieran rastreado, lo que le podía meter en un problema muy grave.

Las inteligencias fueron haciendo su trabajo y mostraban un resumen de las insignias nuevas que iban localizando. Alest iba bastante rápido, lo que exigía esquivar a gente que caminaba más lento al tiempo que debía tener cuidado de que los ciclos no lo atropellasen. Todos los vehículos en Tarios pertenecían a las hermandades, que los usaban para transporte colectivo o de cargas, o a las philias, cuyos miembros se podían permitir tener uno incluso para uso personal. Todos eran terrestres, no estaba permitido el uso de vehículos aéreos salvo el de unos dirigibles que sobrevolaban la ciudad estado todo el tiempo y que nada más que podían usar las philias. Los demás thibs de la ciudad estado debía desplazarse mediante trenes o elevadores. El resto de trayectos debían realizarse andando, salvo los que decidían invertir en algún tipo de ciclo, aunque eran caros. Muy pocos podían permitirse algún tipo de vehículo más allá de esos simples ciclos, y siempre estaban vinculados a un trabajo. Alest no había hablado nunca con Lu sobre cómo había logrado obtener su vehículo. Como otras muchas cosas, no se lo había preguntado.

De pronto, la inteligencia le mostró una insignia y Alest se detuvo en seco. No fue hasta que la inteligencia lo quitó de su vista unos segundos después y continuó con su búsqueda que Alest reaccionó. En seguida le pidió a la inteligencia que le mostrase de nuevo la insignia. Esta lo hizo y volvió a verlo claramente ante sus ojos. La insignia era el mismo símbolo que el ente le había mostrado en su mano la noche anterior antes de caer desmayado en el local de metamundos. Inmediatamente le pidió a la inteligencia que le localizara a la persona o vehículo que portaba dicho símbolo. La inteligencia rastreó de nuevo a la gente y le mostró una ampliación de alguien que se encontraba unos cuantos pasos a su espalda. Se trataba de una joven rubia que, por su aspecto, debía pertenecer a algún tipo de grupo armado, pero no logró ubicarla en ninguna hermandad que recordase. Curiosamente, poseía unas gafas muy parecidas a las suyas que le ocultaban los ojos. Ordenó a otra inteligencia que la siguiera. Esta le mostró a la muchacha en una desplegable del lateral de su visión, al tiempo que a otra inteligencia le pidió que buscara información sobre su insignia. Tras unos segundos, esta última le informó de que no había encontrado nada en absoluto. Le pidió que localizara a otros individuos con el mismo símbolo a su alrededor, pero tampoco encontró a nadie más. La chica se acercaba hacia su posición, así que continuó la marcha apretando el paso pero sin alejarse demasiado de ella.

Quiso comprobar algo. Se desvió de su camino hacia una avenida que tenía bastantes puestos callejeros colocados de forma algo caótica. Se introdujo entre ellos y zigzagueó, tomando direcciones al azar. Había bastante gente y algunos comerciantes intentaban llamar su atención. No se detuvo y fue sorteando gente. Por último, abandonó el mercado y se encaminó hacia una de las calles que partían de la avenida. El sistema que calculaba la ruta hasta el local de Lu le indicó una nueva que lo llevó a atravesar algunas callejas algo más estrechas pero menos transitadas. Durante todo ese tiempo, la muchacha había permanecido a su espalda a una distancia prudencial. Estaba claro que lo seguía.

Alest dudo si darse la vuelta y encararla o continuar su camino. Había olvidado todo el asunto del ente después de lo que le había ocurrido desde entonces, pero no sabía que pensar en aquel momento. Seguir a la niña le había ocasionado muchos problemas, y lo que más deseaba en ese momento era llegar hasta el local de Lu, descansar y olvidarse de todo por un buen tiempo. Pero parecía que no iba a poder ser así. Volvió a intentar contactar con Lu, de nuevo sin éxito. Podría ser que Lu hubiera detectado que también lo seguían y estuviera evitando todo contacto con él. Continuar y llevar a la chica hasta el local de Lu podría ser contraproducente. Así que no le quedaban demasiadas opciones: o huía de nuevo o se enfrentaba a ella. Quería acabar con aquello, así que se armó de valor y se giró, yendo directamente hacia ella.

La joven pereció asombrarse al principio, cuando lo vio acercarse, pero luego se detuvo y lo esperó sin hacer gestos extraños. Alest no se hubiese sorprendido si ella hubiera disimulado o si hubiera sacado algún tipo de arma, pero no lo hizo. La adrenalina comenzó a recorrer su cuerpo y se preparó para el contacto. Cuando estuvo a sólo unos pasos de ella, se detuvo y la miró a la cara. El resto de gente transitaba a su alrededor, pero ellos dos permanecieron allí plantados, uno frente al otro, durante varios segundos, sin que ninguno de los dos dijera nada. Alest no lo soportó más y rompió el silencio:

–Estoy empezando a cansarme de este juego. Te agradecería que me dijeras quién eres y qué pretendes.

La joven, que rondaría su misma edad, no se inmutó. Tan sólo cambió el peso de pierna. Alest se fijó en que no parecía una thib, cuando había solicitado a una de sus inteligencias que la analizara en busca de implantes no había logrado localizar nada. Los thibs podían ocultar algunos de sus implantes, pero no todos.

–¿No me he expresado con claridad? –continuó Alest. Dio un paso al frente y, levantando la mano, la apuntó con el dedo de forma acusadora–. He dicho que quiero respuestas y las quiero ya.

Ella hizo un movimiento muy rápido que Alest no se esperó y, un instante después, sintió un dolor intenso en su muñeca. Ella había recorrido la distancia que los separaba, había agarrado con bastante fuerza su mano y la había retorcido. Acercó su cara a la de Alest, que daba muestras claras de sufrimiento, y le dijo en voz baja:

–Será mejor que dejes de hacer tonterías y me acompañes. ¿Me he expresado yo con claridad?

Alest no podía articular palabra, y sólo deseaba que ella soltase su mano, así que asintió repetidamente con la cabeza. Ella lo liberó e inmediatamente el dolor se mitigó. Alest se llevó la mano contraria a la muñeca y se la masajeó.

–No me podrías decir, al menos, qué es ese símbolo –le rogó Alest al tiempo que con la cabeza hacía un gesto hacia la insignia que lucía la muchacha en su chaqueta.

La chica se miró el símbolo y después lo miró con cara inexpresiva y, tras unos segundos, le replicó:

–Vas a caminar delante mía hasta el local de tu amigo sin causarme molestias. Y callado.

–Si lo buscas a él, deberías saber que no se encuentra allí.

–Creo que en eso te equivocas –respondió la chica–. Y ahora, andando. No quiero volver a repetirlo.

Alest evaluó sus opciones. No había duda de que ella tenía habilidades de combate. Tampoco estaba seguro de que no poseyera algún implante thib que usase como arma. El enfrentamiento directo no era una posibilidad. Una huida tampoco parecía tener más probabilidades de éxito, ya que había demostrado que, de alguna forma, podía seguirlo sin problemas. Miró de reojo alrededor, había bastantes guardias de seguridad de varias hermandades y, de pronto, se le ocurrió una locura que podría funcionar:

–¡Oh, no! ¡Se ha vuelto loca! –gritó Alest todo lo alto que pudo al tiempo que se apartaba de ella aterrorizado–. ¡Tiene el virus! ¡Tiene el virus!

El efecto fue rápido y demoledor. Los thibs que había alrededor los miraron con caras de pavor y empezaron a apartarse de ella. Alest reculaba señalándola y tropezó con uno de los viandantes. Ambos cayeron al suelo, pero no tardaron en levantarse. Por primera vez, ella mostró algún tipo de emoción: estaba atónita. Trató de acercarse a él, pero varios thibs con aspecto amenazante, pertenecientes a patrullas de algunas las hermandades que había en la zona, habían comenzado fijarse en ella. La chica adoptó una posición defensiva al tiempo que evaluaba su situación. Alest no desaprovechó la ocasión y comenzó a correr junto al resto de gente que ya lo hacía. No volvió la cabeza, pero pudo escuchar algún tipo de disputa. En cuanto pudo, comenzó a callejear tomando rutas algo al azar para intentar que no pudieran rastrearlo. Si lo había entendido bien, Lu se encontraba en el local. Podría estar en peligro, tenía que llegar e intentar ayudarlo de alguna forma. Lo más seguro es que no se encontrara sólo, así que no podía entrar en el local sin algo con lo que defenderse. Mientras corría por una calleja, localizó un tubo de alguna clase en un rincón. Se detuvo a cogerlo, pero cuando lo hizo, se dio cuenta de que no era adecuado como arma contundente, era demasiado ligero. Miró alrededor en busca de otra cosa, pero no localizó nada entre el resto de despojos. No podía perder tiempo, así que continuó corriendo.

Fue mirando por si localizaba otra cosa que le pudiera servir. Las flechas le seguían indicando el camino más corto pero, de vez en cuando, se desviaba por algún callejón lateral para intentar localizar algo. Una de las veces, llegó hasta un patio sin salida. Había iniciado el giro para deshacer el camino cuando, en su visión periférica, pudo apreciar algo que le llamó la atención. El patio daba a la trasera de algún establecimiento. Un ventanuco estaba entreabierto y dentro se distinguían varias herramientas y materiales en un estante cercano al mismo. Se acercó y metió la mano. Parecía material de deshecho. Probó con varios artilugios hasta que decidió quedarse con una especie de lámina alargada de algún material duro y fibroso que podría usar como cuchillo. Su filo parecía bastante cortante y uno de los lados era puntiagudo. A lo mejor no era muy efectivo contra el tipo de gente a la que se estaba enfrentando, pero menos era nada. Se lo guardó a la espalda, sujetándolo con el cinturón, bajo la chaqueta, y abandonó el patio.

Retomó de nuevo el camino hacia el local, esta vez de forma directa, siguiendo las flechas. Miró varias veces por encima del hombro. Se había desconectado de los sistemas de Lu por si estaban rastreándolo de esa forma. Eso significaba que no tenía acceso a las inteligencias y no podía usarlas por el momento para que vigilaran por él. Las flechas todavía las veía porque era una función integrada en sus gafas. Comenzó a andar a paso rápido pero no quería correr porque volvía a encontrarse con guardias de seguridad y no quería llamar la atención. Tardó un rato en llegar hasta la zona donde estaba el local. No fue directamente allí por si estaba vigilado. Paso cerca del mismo e intentó distinguir algo sospechoso, pero no vio nada raro. Pasó un poco de largo y cogió un elevador en un edificio cercano. Podía acceder al local por la parte superior si se dejaba caer desde una terraza lateral cercana. Tan sólo tenía que llegar hasta ella. Cuando abandonó el elevador, se desplazó agazapado y vigilando todo el tiempo las terrazas y edificaciones cercanas. Tardó un poco pero llegó hasta la terraza que estaba más cerca del tejado del local. Se asomó con cuidado, pero no parecía que hubiera nada extraño. Saltó la barandilla y cayó sobre el tejado haciendo más ruido del que hubiese deseado. También estaba más alto de lo que había calculado, por lo que tuvo que dejarse caer de lado al tiempo que notaba un dolor punzante recorrer sus espinillas. Quedó tumbado y, al principio, creyó que se había roto algo. Tras examinarse y esperar un momento, remitió algo el dolor y advirtió que no era así. Se puso a cuatro patas y, poco a poco, logró incorporarse y acercarse a la amplia trampilla translúcida que le podía dar acceso al establecimiento. Alest conocía bien ese acceso porque, en ocasiones, subía allí para estar sólo y pensar en sus cosas. Antes de entrar, quería comprobar que no había nadie dentro. Estaba intentando distinguir algo a través del borroso cristal cuando escuchó algo a su espalda.

Al girarse para ver que pasaba, se encontró de nuevo frente a frente con su perseguidora. De alguna forma, había logrado deshacerse de los guardias thibs, lo había localizado, lo había seguido y había saltado también desde la misma terraza que él, sólo que ella lo había realizado con más soltura y, en ese momento, se acercaba a él con actitud amenazante. Alest intentó incorporarse y sacar el cuchillo al mismo tiempo. Lo hizo de manera bastante torpe, ya que se trastabilló debido a que aun le dolían los tobillos y el arma salió despedida de su mano. Trató de cogerla al vuelo un par de veces, de forma bastante cómica y sin mucho éxito. El arma rebotó en el tejado y Alest se agachó a agarrarla justo antes de que se cayera al vacío. La chica había aprovechado el momento para acercarse y agarrar a Alest por la espalda, lo que provocó que perdiera definitivamente el cuchillo, que se cayó por el borde. Si Alest daba un paso en falso, ambos podían caer al vacío, así que se desplazó como pudo hacia atrás, alejándose del borde y, de alguna forma, ambos rodaron de lado y forcejearon armando bastante ruido. Alest usaba sus manos y pies para zafarse de los intentos de inmovilizarlo de ella. Por fin lo logró y gateó hasta la trampilla, soltando el cierre, lo que provocó que girara hacia abajo el cristal. Estaba a punto de dejarse caer por la abertura cuando la joven le atrapó una pierna y volvieron los forcejeos. Alest no supo muy bien cómo, pero ambos cayeron por la trampilla encima de un montón de contenedores vacíos que él usaba normalmente para encaramarse hasta el ventanuco. Muchos de estos se desplomaron junto con ellos, quedando ambos sepultados debajo.

Cuando logró quitárselos de encima, lo primero que vio Alest fue la cara de desagrado de Lu, que estaba de pie con los brazos cruzados a unos pasos de distancia. Junto a él, se encontraba una mujer muy alta, de piel tostada, un pelo blanco azulado y unos ojos color naranja intenso. Llevaba la misma vestimenta que su perseguidora y mostraba una ligera sonrisa en la cara. Su perseguidora, a su vez, se quejó a su lado y luchó por quitarse algunos cajones y al propio Alest de encima.

–Buenos días –dijo la mujer de los ojos naranjas, al tiempo que le tendía una mano para ayudarlo a levantarse–. Mi nombre es Nel, y ya veo que has conocido a mi compañera Ghio.

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