Libros de Ficción

Aerth Muund 1x01: Encuentro, 1a Parte

por JL Iglesias Feria

6

Isi estaba tendida en la cama, inmóvil, impactada aun por todos los sucesos que habían acontecido aquella fatídica noche. No había logrado dormir. Las imágenes inundaban su mente una y otra vez sin poder evitarlo. No sabía lo que había pasado en el local, pero estaba bastante segura de lo que había ocurrido a continuación. Había sido demasiado para una mente que ya no estaba acostumbrada a procesar tantos sucesos.

Había conseguido el trabajo en el local para huir de sus pesadillas, pero estas habían conseguido volver. Pensó en las demás chicas. Quizá, a esas horas, todas estuvieran muertas. Deseó haberse quedado ella también en el local, y haber muerto junto a ellas. Aunque no podían haber muerto todos. Sólo algunos estaban allí cuando pasó. Si lograse contactar con Sloo o Mith, seguro que vendrían a buscarla y salvarla de sus captoras. Pero aunque lo había intentado una y otra vez, no lograba conectarse a ninguna red. La tenían totalmente aislada. Cuando la dejaron allí, sola, intentó durante lo que le parecieron horas abrir la puerta, sin éxito. Luego, había llorado encogida en el suelo durante bastante tiempo. Más tarde, había sentido sed. De alguna forma, se había incorporado y acercado hasta el pequeño aseo anexo. Se había mirado al espejo, no reconociendo allí a la chica que hasta unas horas antes había creído ser. La que se reflejaba, devolviéndole una triste mirada, era la misma chiquilla que había creído desterrar años atrás. Pero ahí estaba de nuevo. No lo resistió, volvió a la habitación y se dejó caer sobre la cama. Ahora, unas horas más tarde, había perdido todas las fuerzas para evitar que su mente lo rememorara todo una y otra vez.

Se había dejado llevar por Bor a través de algunos callejones angostos y oscuros. De esa parte, sólo lograba recordar un dolor punzante en unas piernas que llevaban mucho tiempo sin correr tanto y tan rápido. Bor le había advertido que se desconectara de todas las redes hasta que estuvieran a salvo. Así lo había hecho, impulsada por el miedo de lo que había presenciado unos minutos antes en el local. Ahora maldecía haberle hecho caso. Tras un rato, la dejó descansar cuando llegaron a la puerta de un extraño edificio. Ella había tratado de recuperar su entrecortada respiración, mientras Bor buscaba algo. Escuchó un ligero zumbido en los alrededores, pero no logró concretar a qué se debía. Antes de que hubiese recuperado del todo su aliento, Bor volvió y le agarró de nuevo la mano, tirando de ella. Sus piernas protestaron con un dolor incluso más intenso que el que había sentido antes. Casi se dejó arrastrar. Al poco, llegaron hasta un elevador que parecía más destinado a desplazar cierto tipo concreto de cargas que a las personas. Bor lo manipuló de alguna forma y ascendieron tan sólo unos metros antes de detenerse en una gran abertura. Se introdujeron en el edificio y atravesaron varias plataformas. El ruido se hacía más intenso según avanzaban, e Isi vio de pasada varios labots trabajando en algún tipo de producción industrial. Estaban en una fábrica. Los labots, al contrario que los bibots, no tenían aspecto humanoide, sino que estaban diseñados y especializados en una tarea concreta. Isi había visto muy pocos labots antes, no solían operar en zonas habitadas y, por supuesto, nunca había estado en una factoría. Bor le iba diciendo cosas, imaginaba que con la intención de tranquilizarla y animarla a continuar, pero apenas lo escuchaba. Se sentía cansada, dolorida y angustiada. Descendieron mediante otro elevador hasta un nivel inferior y llegaron hasta alguna zona de carga donde había aparcado un vehículo que Isi, por desgracia, sí que había visto en el pasado demasiadas veces. Era los que se usaban para trasladar muertos hasta los recicladores.

Las puertas traseras del vehículo se abrieron de par en par y del mismo se bajó un individuo. Era muy grande, parecía muy fuerte, aunque algo lento, y sus implantes thibs le daban un aspecto bastante amenazante:

–Llegáis tarde –dijo el sujeto.

–Ella no pudo ir más rápido –contestó Bor, señalándola con la cabeza–. Demasiado tiempo en crioestasis.

El personaje lo ignoró y siguió manipulando los controles para hacer descender dos sarcófagos. Una vez desplegados, les indicó con un gesto de cabeza los mismos:

–Ahora tendréis tiempo para descansar.

Bor ayudó a Isi a introducirse en el suyo. Antes de cerrar la tapa le habló por lo bajo, cerca del oído:

–Mientras estemos dentro del vehículo, podrás activar los canales de comunicación. Está apantallado, así podremos estar en contacto.

Isi asintió algo desconcertada. Seguía sin comprender nada pero, como hasta el momento, se dejó guiar por Bor. Una vez cerrada la cubierta, a través de un pequeño cristal a la altura de la cara, pudo apreciar como Bor también se adentraba rápidamente en el suyo. El operario volvió a accionar los mandos y los sarcófagos se introdujeron en el vehículo, cerrándose la puertas tras ello. Isi no esperó más para activar los canales y en seguida apareció Bor:

–¿Quién es él? –preguntó Isi bastante preocupada–. ¿Adónde nos lleva?

–Tranquila –contestó Bor–. Es un conocido, se llama Daap. Esto es lo más seguro para salir del sector sin que nos localicen.

–¿Me vas a contar de una vez lo que está pasado?

Bor suspiró:

–No conozco muchos de los detalles. Todo parecía una noche normal en el local. La clienta llegó y escogió a Miri. El médico nos mando despertarla y se la llevamos a los bibots para que la prepararan, como siempre. Mientras, la philia eligió una habitación y esperó allí. No mostró ningún síntoma extraño. Los bibots también parecían funcionar correctamente. Acompañaron a Miri hasta la estancia donde la esperaba la clienta. Yo fui a mi casillero a por algún molecular que me estimulase para mantenerme despierto. Creí escuchar algunos golpes raros. Estaba intentando poner atención cuando me llegó un mensaje misterioso. No tenía remitente y sólo contenía un aviso muy concreto para que me conectara con alguien mediante un canal cifrado. Oí algunos gritos y, con recelo, me acerqué hacia la puerta de la sala. Antes de llegar hasta ella, me llegó un segundo mensaje:

“No salgas. Es peligroso. Llámame.”

Confundido, no supe que hacer. Los primeros disparos lograron que me decidiera. Llamé por el canal que me proponía el primer aviso y me encontré con que era Daap. No hablaba con él desde que éramos poco más que unos críos. Me avisó de que estábamos siendo objeto de un ataque y que iba a morir si no salía de allí. Le pregunté que cómo sabía todo aquello pero no me contestó. Me apremió a que fuera a por alguna de vosotras y luego cortó. El pánico me invadió. Tras abrir la puerta, miré con cautela al pasillo, estaba lejos del ajetreo, así que corrí hasta mi taquilla, cogí mis cosas y salí por la parte de atrás del edificio, por el mismo sitio por el que hemos salido. Pero, tras abandonar el local y recorrer la galería, me encontré la puerta exterior bloqueada. En ese momento, un nuevo mensaje me llegó:

“Coge a una chica. Rápido.”

Desesperado, golpeé la puerta. No comprendía bien lo que pretendía Daap ni cómo sabía lo que estaba haciendo en todo momento, pero dejé allí mis cosas y volví al edificio. Como te imaginarás, llegué hasta los nichos y activé la secuencia de emergencia del tuyo. Cometí un pequeño error, tenía que haber cogido de la enfermería algunos estimulantes para inyectártelos tras despertarte, así que volví a por ellos. Los bibots se habían vuelto completamente locos y estaban atacando a todo el personal. La seguridad los mantenía como podía a raya, pero eran pocos y los bibots los superaban ampliamente en número. Un guardia, que me protegió de un ataque, me explicó que la philia se había vuelto violenta de pronto y había asesinado a Miri. Cuando habían ido a reducirla, los bibots los habían atacado.

–Entonces, Miri ha muerto –dijo Isi con pesadumbre. No había tenido demasiada relación en ella, pero le caía bien porque era simpática.

–Sí, lo lamento –contestó Bor. Se mantuvo en silencio unos instantes y continuó su relato–. El guardia cayó abatido, protegiéndome de nuevo, para llegar hasta vosotras. Entré y te vi aturdida y apoyada contra la tapa del nicho. Te inyecté un par de dosis de un estimulante y te ayudé a salir. Lo demás, ya lo conoces.

–El resto de chicas... –balbuceó Isi, al borde de las lágrimas.

–No... no te preocupes ahora por eso. A lo mejor están bien –intentó reconfortarla Bor.

Se hizo el silencio por un instante entre ambos.

–¿Por qué yo? –preguntó, de pronto, Isi.

–¿Có... Cómo? –tartamudeó Bor.

–¿Por qué no otra chica? –repitió Isi más alto–. ¿Por qué me elegiste a mí?

Bor tardó algo en contestar:

–Bueno... no lo sé... –dijo bastante incómodo y nervioso–. Elegí un nicho al azar. Estaba alterado, no me fijé. No sé... yo...

–Da igual –respondió Isi.

Durante un rato, permanecieron en silencio. Isi no cortó la comunicación porque no quería estar sola. Bor tampoco lo hizo, seguía allí, enmarcado en el círculo, pero desviaba la vista:

–Isi... yo... –empezó a decir Bor.

De repente, el vehículo se detuvo. Debían de haber llegado hasta el control entre sectores de la ciudad estado. Daap apareció enmarcado en otro círculo:

–Dejad la cháchara, recordad que estáis muertos.

Isi cortó las comunicaciones y se concentró en escuchar los ruidos que provenían del exterior. Oyó sonidos muy amortiguados, por lo que no entendió lo que pasaba. Luego, con un fuerte chasquido, la puerta trasera se abrió. La luz entró en el habitáculo, por lo que Isi cerró los ojos y se mantuvo todo lo quieta que sus nervios le permitieron. Escuchó voces, pero tampoco logró distinguir nada de la conversación. Parecía como si alguien estuviera haciendo comprobaciones de algún tipo. Por fin, la puerta se cerró de nuevo y, poco después, el vehículo reanudó la marcha. Isi dejó escapar el aire que había estado reteniendo, aliviada.

–¿Isi? –dijo Bor, había vuelto a establecer comunicación.

Ella estaba aun bastante alterada y no contestó de inmediato.

–¿Isi, te encuentras bien? –insistió Bor.

–Sí –dijo al fin.

Hubo otro silencio hasta que Bor habló de nuevo:

–Isi, ¿realmente... realmente te gustaba hacer lo que hacías en el local?

Se sorprendió de la pregunta. Lo pensó durante un rato y luego contesto:

–Mi vida antes era horrible, Bor. En el local, al menos me han tratado bien.

–Pero... eso que haces con las philias.

–Es mucho mejor que lo que me obligaban a hacer antes, Bor. De hecho, una vez te conectas, y comienza a hacer efecto los nanos y los moleculares, es como si tu cuerpo ya no fuese tuyo. Muchas veces ni recuerdas nada. Así es mucho mejor.

–¡Pero no tenéis vida! –replicó Bor–. Recluidas, no podéis relacionaros con nadie, cuando no estáis... haciendo eso, estáis en crioestasis.

Isi no contestó. No conocía el tipo de vida que había llevado Bor, pero estaba segura que no hablaría así si sus experiencias hubieran sido similares a las que ella había tenido que padecer. No lo comprendería por mucho que se lo intentara explicar.

El vehículo se detuvo y se escuchó como si un gran portón se abriera para dejarlo pasar. Sonaba como si se adentraran en un espacio amplio. Poco después, la puerta del vehículo se abrió de nuevo. Los sarcófagos se activaron y unos segundos después, se destaparon. Bor salió antes y ayudó a Isi a salir del suyo.

Se encontraban en el interior de una recicladora de cuerpos. Isi miró alrededor asustada. Había otros muchos sarcófagos apilados en varias alturas e imaginó que muchos de ellos estarían llenos de cadáveres esperando a ser procesados. Los implantes thibs se extraían, se reconfiguraban y se volvían a vender. Los órganos eran tratados y usados como base para desarrollar nuevos implantes. El resto, se trataba con moleculares y nanos para usarlo como materia prima para otros procesos. Nada era desechado. En la ciudad estado thib, todo, incluido los cuerpos, eran reciclados. La mayoría del proceso estaba automatizado o era llevado a cabo por labots y bibots, y supervisado a distancia por médicos y técnicos, llamados recicladores.

Daap los instigó a que lo siguieran. Avanzaron por varios pasillos de féretros hasta que llegaron a una zona con habitáculos. Entraron en uno de ellos. A ambos lados, a través de grandes ventanales, se podía apreciar salas donde los cuerpos eran tratados. Isi intentó no mirar pero fue en vano. Varias máquinas que partían del techo se encargaban del despiece general. Pequeños labots y thebots de tipo insectoide y de diversos tamaños realizaban los trabajos más minuciosos, en especial, la recuperación de los implantes. El resto era tratado con nanos y moleculares. Del cuerpo partían tubos de varios tamaños hasta el suelo por los que se drenaban los fluidos.

Llegaron a una sala algo más amplia donde algunos bibots llevaban a cabo tareas de supervisión y control. La atravesaron y Daap activó la apertura de una puerta que había al fondo:

–Esperad aquí.

Isi miró a Bor, pero este entró sin hacer preguntas e Isi no tuvo más remedio que seguirlo. Aquello no le gustaba nada. Pensaba que, una vez atravesado el control del sector, los dejarían marchar. La puerta se cerró tras de ella. Un sonido les indicó que había sido bloqueada. El cuarto no era grande y estaba lleno de contenedores de tamaño medio. Bor, tras examinarlos, se sentó sobre uno de ellos y le indicó a Isi que hiciera lo mismo. Isi se sentía insegura, así que se sentó a su lado. Esto pareció sorprender a Bor, que tensó su cuerpo:

–Tranquila, todo va a salir bien.

–¿Te fías de ese tal Daap?

–No lo sé. En realidad, no nos queda otra –dudó Bor–. Hace mucho tiempo que no nos veíamos. No sé mucho de lo que ha estado haciendo los últimos años.

–Y, ¿no te parece extraño que contactara contigo justo cuando comenzó el ataque? ¿Cómo lo sabía?

Bor no había pensado en eso. Había estado tan ajetreado que no había tenido tiempo de pensar demasiado en nada. Tampoco supo que contestar:

–Bor, él está implicado en el ataque –continuó Isi.

–No –negó Bor–, nos va ayudar.

–Entonces, ¿por qué no te dejó salir sin una de nosotras? –replicó Isi–. ¿Qué es lo que quiere de mí?

Bor cerró los ojos con fuerza y se llevó una mano a la cabeza en un intento desesperado por encontrar una explicación:

–Yo... ¡no lo sé!

Isi bajó la vista y guardó silencio. Bor notó su incomodidad y se la quedó mirando. Decidió pasarle un brazo sobre sus hombros y, lentamente, la acercó hacia sí. Le habló en un tono de voz bajo y conciliador:

–Mira, Isi. No voy a dejar que te pase nada malo. ¡Te lo juro! Todo va a salir bien, confía en mí. Ya verás.

–Bor, no sé que pensar –respondió Isi–. Tengo miedo.

–Voy a protegerte pase lo que pase. Isi, yo... yo... verás...

Pero no se atrevió a continuar.

–Bor, no me elegiste por casualidad, ¿verdad? –afirmó Isi.

Bor prácticamente temblaba. Se separó de ella, avergonzado. No sabía que decir, así que se levantó y, sin girarse para mirarla, dijo:

–No tienes que hacer más lo que haces. Aun no sé cómo pero, de alguna forma, voy a conseguir que no tengas que hacerlo más.

Isi fue a contestar cuando la puerta se desbloqueó y se desplazó para mostrar la gran figura de Daap:

–Seguidme –ordenó.

Bor se giró y se acercó a Isi. Le puso una mano sobre el hombro más cercano y le dijo:

–Vamos, todo va a ir bien.

Isi y Bor salieron a la sala de control. Ya no había bibots. En su lugar, junto a Daap, había un grupo de tres féminas thibs. Tenían un aspecto agresivo, pero de una forma peculiar. Vestían igual, ropas de combate de tonalidades verdes mezcladas de forma extravagante con otros complementos pintorescos. Lo más impactante era que, en vez de ojos, las tres llevaban alguna especie de grandes lentes oscuras.

–Así que esta es la chica –dijo una de ellas.

La que había hablado se acercó hasta Isi y dio una vuelta completa alrededor de ella, observándola descaradamente.

–No está mal, creo que tenemos un trato.

–¿Un trato? ¡Qué trato! –dijo sorprendido Bor, alternando la mirada de desconcierto entre Daap y la fémina–. ¿Qué significa esto?

Isi sí que sabía lo que significaba. Se quedó sin habla.

–No hagas tonterías, Bor –dijo Daap.

–¿Tonterías? –dijo Bor enfadado, mientras se acercaba hacia Daap–. Ahora mismo me vas a explicar que pasa aquí.

–Es sencillo, Bor –contestó Daap al tiempo que adoptaba una postura más desafiante–. Ellas se llevarán a la chica mientras tú te vienes conmigo.

Bor miró a Isi. Por las mejillas de ella corrían dos lágrimas.

–¿Qué? ¡No! –gritó Bor–. ¡Ella se queda conmigo!

–Eso no es posible, Bor –dijo Daap al tiempo que agarraba a Bor por el hombro con firmeza–. Ella es el precio que vas a tener que pagar por ayudarte a escapar.

–¡Bor! –gritó al fin Isi cuando una de las féminas la asió del brazo.

–¡No os la llevaréis!

Bor se revolvió y, de alguna forma, logró zafarse de la sujeción de Daap. La fémina siguió arrastrando a Isi al tiempo que las otras dos se interpusieron entre estas y Bor. Cuando intentó pasar, una de ellas lo empujó y cayó de espaldas al suelo. Intentó levantarse, pero la otra le puso la bota encima del pecho con bastante fuerza. Intentó desembarazarse de ella, pero no pudo:

–Y, dime –dijo la fémina que lo tenía atrapado–. ¿Por qué habríamos de dártela?

La fémina que tenía agarrada a Isi se había detenido y observaba la escena con una sonrisa en la boca. Todo lo contrario que Isi, que la miraba con horror. Daap no hacía ni decía nada, estaba totalmente inmóvil:

–Porque yo... –contestó Bor–, yo... estoy enamorado de ella.

–¡Vaya! –exclamó su opresora–. Pues haber elegido a otra, estúpido.

Y le disparó en la cabeza.

Del brazo de la fémina se había desplegado algún tipo de arma de proyectiles y había descargado varios de ellos sobre la cara de Bor, que murió en el acto.

–¡Noooooo! –gritó Isi al tiempo que se le aflojaban las piernas y se dejaba caer al suelo. Otra de las féminas, la que no había disparado, se acercó hasta ella y la agarró por el otro brazo. Entre las dos, se la llevaron casi a rastras. Cuando la que había disparado también se marchó de la sala, Daap se acercó hasta el cuerpo de Bor y se lo quedó mirando:

–Te dije que no hicieras tonterías.

Isi no estaba muy segura de lo que pasó a continuación. Las lágrimas le nublaban la vista. La introdujeron en algún tipo de vehículo y una de las féminas le acopló un dispositivo en la nuca. Todo se volvió oscuro y no recordó nada hasta que, un tiempo después, alguien se lo quitó.

Se encontraba en la habitación en la que ahora estaba recluida, sobre la misma cama. Los efectos secundarios del aparato todavía eran patentes, y le costaba moverse. La fémina que le había quitado el dispositivo y otras dos a las que no había visto antes salieron de la estancia, al tiempo que la que había disparado a Bor entraba. Cerró la puerta y se quedó a solas con ella. Traía con ella un maletín que dejó sobre el suelo. Isi trató de alejarse, arrastrándose torpemente sobre la gran cama y pegándose a la pared opuesta. La fémina, divertida, tras observarla, se dirigió a una pequeña mesa y comenzó a quitarse abalorios de encima y ha dejarlos sobre ella:

–Mi nombre es Hild –dijo la thib mientras seguía quitándose cosas–. Te lo digo para que te quede claro a quien le perteneces ahora.

Isi no supo que contestar.

–Me han contado maravillas de vosotras –continuó la tal Hild–. Tengo entendido que el placer que lográis proporcionar no tiene igual.

Hild se despojó también de parte de sus ropajes, quedándose medio desnuda. Se giró para mirar a Isi, que seguía hecha un ovillo en una esquina de la cama. Hild volvió a sonreír y se acercó hasta el maletín. Tras agacharse, lo abrió. Extrajo del mismo varios inyectores que Isi conocía muy bien y se acercó hasta la cama:

–Podemos hacer esto de forma fácil o difícil, tú eliges.

Por desgracia, no era la primera vez que Isi se enfrentaba a esta clase de situaciones y sabía que lo mejor era colaborar. Comenzó a quitarse la ropa poco a poco, las manos le temblaban. Cuando estuvo totalmente desnuda, se tumbó boca abajo en la cama. Hild le colocó el aparato sobre la columna, entre los omoplatos, conectándolo a un pequeño dispositivo thib, y le inoculó la mezcla de nanos y moleculares. Isi notó su impacto prácticamente al instante. Hild la volteó, colocándola boca arriba, y comenzó a acariciarla. Los efectos de las sustancias inyectadas no tardaron en hacer efecto. Isi notaba las oleadas de excitadores recorrer todo su cuerpo. Hild siguió desnudándose mientras continuaba tocándola y, llegado un momento, se acercó al maletín y sacó de él un cable de conexión. Se lo enchufó directamente a su entina y, tras acercarse de nuevo hasta donde estaba tendida Isi, se lo conectó a la suya. Conexión húmeda, lo llamaban, sin dispositivos intermedios. Bastante peligroso. Isi ya no podía hacer nada porque su cuerpo ya no le pertenecía. Hild lo controlaba todo.

volver arriba

Licencia Creative Commons

"Libros de Ficción" y "Aerth Muund" por JL Iglesias Feria se encuentra
bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.