Libros de Ficción

Aerth Muund 1x01: Encuentro, 1a Parte

por JL Iglesias Feria

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Para llegar hasta el traficante de datos, tuvieron primero que atravesar varios sectores. Alest no había calculado que el viaje fuera a durar tanto. Quizá sólo habían sido unos minutos, pero se le habían hecho muy largos. Cuando Ghio se detuvo, Alest se bajó del ciclo y se sentó en el primer escalón que encontró, agachando la cabeza entre las piernas. Se encontraba bastante alterado y algo mareado, así que se quitó el casco y trató de respirar profundamente y tranquilizarse.

–Eres un poco blando –comentó Ghio, mientras desconectaba y se quitaba también el casco–. ¿Es aquí?

Alest negó con la cabeza, que mantenía aun agachada, y señaló con el dedo hacia un callejón que salía un poco más adelante:

–Hay que tomar ese pasadizo –aclaró–. Habrá que andar un poco.

Ghio recogió el casco de la otra mano de Alest y, junto al suyo, los guardó en un compartimento del ciclo. Luego sacó unas gafas de su chaqueta y se las puso:

–Vamos –lo apremió Ghio–, hay que darse prisa.

–Lo se, lo se –contestó Alest al tiempo que levantaba la cabeza, suspiraba y se incorporaba con esfuerzo. Aun le temblaban las piernas–. No queda lejos.

Ghio hizo un gesto con la mano invitándolo a que se adelantara y le mostrase el camino. Alest así lo hizo, al tiempo que también se sacaba de su chaqueta sus propias gafas y se las colocaba. Tomaron el callejón, que enseguida desembocó a otra calle más amplia pero peatonal. Ghio se sorprendió de que estaba algo más iluminada y bastante concurrida. Según fueron avanzando, aumentó el número de gente, así como el ruido proveniente de algunos locales.

–Curioso, no conocía esta parte de la ciudad –reconoció Ghio.

–Hay zonas que nunca descansan –dijo Alest–. ¿No te importa dejar el ciclo sólo? ¿No sería mejor guardarlo en algún local?

–No te preocupes –contestó Ghio, al tiempo que miraba alrededor, examinando la zona–. Si alguno se le ocurre acercarse, lo lamentará.

Alest no quiso saber porqué, pero se lo imaginó. Siguió avanzando esquivando a los thibs, Ghio lo seguía de cerca. No tardó en encontrar la bocacalle estrecha que debían tomar. Se lo indicó con el dedo a Ghio y se dirigieron a la misma. Allí se cruzaron con algunos críos que iban corriendo entre risas en la dirección opuesta. Alest y Ghio se apartaron levemente para dejarlos pasar. Un poco más adelante Alest giró de nuevo y descendieron por una escalera hacia el interior de uno de los edificios. Atravesaron un largo pasillo mal iluminado y con aspecto descuidado. Dejaron atrás algunas puertas en la parte izquierda. Casi al final, Alest giró de nuevo y subió unos cuantos escalones para detenerse ante la puerta más extraña que había visto Ghio en su vida. Estaba rodeada de lo que parecían un montón de desechos de implantes thibs y partes de bibots colocados de una forma aleatoria. La superficie de la propia puerta también estaba cubierta de los mismos singulares adornos. Alest se quedó mirando la cara que había puesto Ghio al verla:

–Ya te advertí que es un poco raro –dijo Alest a modo de explicación–. Si eres un poco blanda, puedes esperarme fuera.

Ghio no quiso mostrar debilidad ante Alest:

–No, voy contigo.

Alest esbozó una ligera sonrisa y pulsó sobre el panel una secuencia de desbloqueo. La puerta se abrió y Alest entró seguido de Ghio. El interior del local era diáfano y el techo era más alto de lo que Ghio había imaginado, pero estaba todo lleno de piezas de bibots e implantes thibs colgando de él. Sobre el suelo, se alzaban numerosas mesas repletas de más piezas e implantes. No había apenas iluminación, pero parecía que Alest conocía bien el camino y fue esquivándolas con desenvoltura. Ghio iba detrás apartando piezas que colgaban a baja altura. Por fin llegaron a una zona con algo más de luz. Al fondo había lo que a Ghio le pareció una inmensa maquinaria hecha de retazos y piezas de todo tipo y clase. No fue hasta que se movió que se dio cuenta que, en el medio de aquella vorágine, había alguien. De su cabeza partían infinidad de cables, tubos e implantes raros, tan sólo sobresalía una nariz y una boca. El cuello era inhumanamente largo y al tronco, muy delgado, tenía acoplados partes bastantes perturbadoras de la que partían otros tantos cables y tubos. Las extremidades desaparecían también dentro de un revoltijo de dispositivos:

–¡Oh, vaya, mirad quien ha venido, chicas! –dijo una voz bastante chillona, al tiempo que un par de bibots bastante extrañas también se acercaban por ambos lados. Las dos simulaban ser féminas, pero iban casi desnudas y sus proporciones eran muy exageradas, con un marcado componente sexual. Ghio se puso en alerta por si eran peligrosas.

–Te veo bien, Garek –lo saludó Alest–. ¿Cómo te va?

–Ya sabes, no me puedo quejar –respondió el tal Garek.

–Vengo a pedirte un favor –dijo Alest, al tiempo que jugueteaba con algunos de los chismes que había desparramados sobre una mesa cercana–. Necesito conectarme.

–¡Siempre directo, nunca divagas, ese es mi chaval! –dijo Garek– ¿Quién es la chica? ¿Por fin te has buscado alguna con la que revolcarte?

Garek se pasó la lengua por los labios, de una forma que a Ghio le pareció más que desagradable.

–Es sólo una amiga a la que estoy ayudando –respondió Alest–. Escucha, he tenido problemas con mis gafas, necesito conexión.

–¡Claro, claro! –chilló Garek–. ¡Lo que necesites! Puedes usar los terminales de la derecha. ¡Vuestra izquierda, quiero decir!

–Gracias, amigo –contestó Alest y se dirigió a donde le había indicado Garek. Ghio lo siguió, aunque sin dejar de mirar a ambas bibots. No se fiaba de ellas. Cuando comprobó que se quedaban junto al individuo, giró la cabeza para mirar hacia delante y casi choca de bruces con Alest, que se había detenido. Delante suyo había un terminal algo raro, pero no tanto como el resto del sitio. Alest desplegó un cable de sus gafas y lo acopló a uno de los conectores del mismo. Ghio hizo lo mismo.

–Un chico peculiar, tu amigo.

–Está obsesionado con convertirse en una máquina –le aclaró Alest mientras iba configurando el sistema–. Cree que las inteligencias están oprimidas y que él es el elegido para liberarlas.

–¿Y dices que es un traficante de datos?

–No lo subestimes, tiene muchos contactos y clientes. Las bibots que lo acompañan tampoco son lo que se dice inofensivas.

–Ya me había dado cuenta –dijo Ghio al tiempo que volvía a echar un vistazo por encima del hombro hacia donde se encontraban.

Alest comenzó a realizar los pasos necesarios para contactar con el reciclador. Ghio no comprendió del todo lo que Alest hacía, ya que parecía ir dejando mensajes sin mucho sentido en lugares peculiares de varias redes al tiempo que iba revisando otros. De estos, obtuvo una secuencia de símbolos que fue componiendo. Luego, uso la llave de Garek para entablar comunicación segura con un destino. Cuando obtuvo respuesta, se le solicitó algún tipo de clave. Alest introdujo la secuencia de símbolos y un instante más tarde, apareció un círculo. No obstante, no había nadie dentro de él, sólo una insignia parecidas a las que usaban las hermandades, aunque Ghio no la había visto nunca.

–¿Sí? –dijo una voz, claramente distorsionada.

–Estamos interesados en su mercancía –indicó Alest.

–¿Cuánto ofreces? –preguntó de nuevo la voz.

–¿Cuánto pides?

–Tengo otros compradores.

–No pienso poner un precio sin ver el producto –replicó Alest–. Además, no tienes otros compradores, lo que tienes es un problema. ¿Dónde podemos vernos?

No hubo respuesta por un rato.

–Si quieres, podemos ir hasta tu local. –Alest le mostró un mapa– Está aquí, ¿verdad?

Más silencio.

–Ya veo –dijo Alest–. Creo que voy a...

–¡Espera! –lo interrumpió la voz, luego hubo otro breve silencio–. Pásate por allí y llévatela.

–Estamos hablando de la entina de una philia –afirmó Alest.

–¡Sí, sí! –confirmó la voz.

–¿Y dices que me la regalas? Creo que es una trampa –dijo Alest–. Voy a cortar.

–¡No! –chilló la voz– ¡Ven y llévatela, no lo quiero!

Alest esperó un poco y luego contestó:

–De acuerdo, en unos minutos estamos allí. Si nos pasa algo, unas inteligencias hablarán con cierta philia.

–¡No, no! –volvió a suplicar la voz–. Cuando aquél miserable vino con esto no sabía lo que estaba pasando. No sé por qué se la compré. Ahora no quiero tenerla. ¡Llévatela!

Alest le sonrió a Ghio:

–Bien, eso espero.

Y cortó la comunicación. Alest desenchufó sus gafas y Ghio hizo lo mismo.

–Ya está, ahora la recogemos y volvemos a la central.

–Lo estoy deseando –contestó Ghio–. Nel no tardará en darse cuenta.

Alest recorrió el camino de vuelta hasta Galek. Se despidió de él y, tras prometerle traerle algo la próxima vez que volviera, se dirigió hacia la salida. Ghio lo siguió sin perder de vista a la bibots durante un rato. Cuando hubieron atravesado la particular puerta de nuevo, se sintió más tranquila. Deshicieron el camino de vuelta hasta donde habían dejado el ciclo. Cuando iban llegando, Alest pudo ver a un chico joven tirado junto a ella. Tenía los ojos abiertos y parecía sufrir algunos espasmos nerviosos, como si se hubiera pasado con los nanos o los moleculares. Alest en seguida lo comprendió:

–El ciclo. Ha intentado acercarse a él.

–Te dije que no te preocuparas –dijo Ghio al tiempo que se quitaba las gafas y sacaba de nuevo los cascos. Alest también se quitó sus gafas y se colocó el casco que le tendía Ghio. Al poco tiempo estaban de nuevo sobre el ciclo.

–¿Podrías ir un poco más suave? –pidió Alest mientras se agarraba.

–Claro –contestó Ghio, al tiempo que aceleraba de forma brusca.

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