Libros de Ficción

Aerth Muund 1x01: Encuentro, 1a Parte

por JL Iglesias Feria

17

El viaje desde el local de Garek hasta el del reciclador no fue muy largo. Eso no evitó que Alest volviera a pasarlo mal en la parte trasera del ciclo de Ghio. No había nadie en la calle de acceso al lugar, todo estaba muy tranquilo. Ghio detuvo el ciclo en la entrada de vehículos y esperó a que se abriera el portón, pero no lo hizo. Alest se bajó del ciclo y se acercó al panel que había en un lateral. Cuando lo pulsó, tampoco dio respuesta.

–¿No te habrás equivocado de sitio? –preguntó Ghio.

–No –contestó Alest, que seguía intentando manipular el panel–, es aquí.

Ghio levantó la vista y observó las instalaciones, sin embargo, no logró ver nada significativo. Giró la cabeza para mirar los alrededores, se sentía algo intranquila. Quería terminar con todo aquello y volver a la central. Alest seguía sin obtener respuesta, así que había desplegado un cable de su casco y lo había conectado al panel:

–¿Vas a forzar la entrada? –preguntó Ghio–. Puede que no haya llegado aun, que tenga que venir de otro lado.

–No, está dentro –discrepó Alest–. Esto sitios están automatizados, el portón debería haberse abierto. Si no lo ha hecho, es porque alguien lo ha bloqueado y no tendría sentido que lo hiciese si no es porque intenta protegerse dentro.

–Podríamos buscar otra entrada –propuso Ghio.

Alest no contestó pero, unos segundos más tarde, el portón comenzó a elevarse. Alest desconectó sus gafas y volvió para montarse de nuevo en el ciclo con Ghio.

–¡Vaya, qué rápido! –comentó Ghio.

–En realidad, no he tenido que hacer gran cosa –aclaró Alest mientras se acomodaba de nuevo detrás de Ghio–. Tan sólo he dejado un mensaje en el sistema diciendo que éramos los que habíamos hablado antes con él y que, si no abría, nos largaríamos y pagaría las consecuencias.

–Hay algo que no me gusta –dijo Ghio–. Podría dejarnos encerrados y no me gustaría quedarme atrapada en un sitio como este.

–Es un riesgo que tenemos que asumir –respondió Alest–. Aun estás a tiempo de echarte atrás, aunque serás tú la que se lo explique todo a Nel.

Ghio no contestó, pero accionó el ciclo y se adentró en el local, que estaba algo oscuro. Fue despacio, no había estado antes en un sitio así, por lo que no sabía qué podría encontrarse. No se detuvo donde estaban estacionados el resto de vehículos, sino que siguió adelante, ascendió por una rampa y, esquivando objetos, llegó hasta la zona de almacenaje de cuerpos. Atravesó con el ciclo los pasillos entre las estantes de sarcófagos. Ghio fue bastante despacio, observando el lugar y evitando a los labots que se cruzaban en el camino. Tras algunas vueltas, llegaron hasta una zona donde parecía haber algunos habitáculos.

–Eso son salas de despiece –le aclaró Alest. Sólo tuvo que pensarlo ya que se comunicaban a través de los cascos–. La oficina debe estar algo más adelante, en esa dirección.

Ghio le hizo caso y avanzó dejando a un lado las salas. Cuando iban llegando al final, vieron un ventanal tras el cual había bastante luz. Al lado, había una puerta. Ghio aparcó cerca de ella y Alest desmontó:

–No te quites el casco –le dijo a Ghio–. Prefiero tener una forma de comunicarnos sin que nos escuche. Tampoco quiero que nos vea la cara.

–No pensaba quitármelo.

Mientras ella también se bajaba del ciclo, Alest se acercó al ventanal y se asomó a él. Al fondo, tras diversos instrumentales y otro ventanal, había una estación de control. En el interior, un thib algo mayor y delgado tenía una expresión algo turbada. Alest fue hasta la puerta, pulsó el panel y esperó a que el reciclador la abriera. Este lo hizo y vio un estrecho pasillo y otra puerta unos pasos más adelante.

–No entres aun, Ghio. Espera que abra la otra y yo esté dentro.

–¿Me crees estúpida? –respondió algo indignada.

Alest tampoco entró hasta que la otra estuvo abierta. Atravesó el estrecho pasillo y, tal como habían planeado, Ghio lo siguió cuando él ya se acercaba al reciclador, que ahora lo seguía con la vista, mirándolo con ira.

–Creí que vendría alguna de las muñecas de Garek –dijo el thib a modo de saludo.

–Él sólo es un intermediario –contestó Alest mientras se detenía a una distancia prudencial del médico. Ghio se había quedado cerca de la puerta, revisando la habitación con la vista–. ¿Tienes la entina?

El thib hizo un gesto con la mano, señalando hacia una pequeña caja cuadrada que había sobre una de las consolas. Alest se acercó y la cogió por un asa. La desplazó hasta la zona donde estaba Ghio y, tras apoyarla sobre una mesa, la abrió para examinarla. Dentro había un tubo transparente alargado con algo orgánico dentro. Alest conocía lo suficiente por su trabajo con Lu para saber que era una entina o algo que se le asemejaba mucho. Lo cerro de nuevo y le habló al reciclador:

–No necesito decirte que es mejor que no hables con nadie más de esto.

–¡Por supuesto que no pienso hacerlo! –respondió el thib– Lleváosla de una maldita vez, ¡no quiero verla más por aquí! ¡Ni a vosotros tampoco!

Alest se giró e iba a salir por la puerta cuando el thib exclamó a su espalda:

–¡¿Quiénes son esas?!

Alest se giró sin comprender y vio que el reciclador los miraba con la cara desencajada.

-¡Maldita sea, os han seguido! –gritó el thib.

Alest y Ghio se observaron entre sí extrañados:

–Mira a ver de qué está hablando –le dijo Ghio a Alest mediante el casco, al tiempo que desenfundaba un arma de proyectiles.

Alest se acercó a uno de los terminales y conectó su casco. Tras acceder a la red, desplegó los audiovisuales de vigilancia de la entrada y los compartió con Ghio. El portón por el que habían accedido al local seguía abierto, pero por él acaban de entrar un grupo de tres thibs. La primera era una joven muy alta y estilizada, con unos brazos extremadamente largos. No tenía pelo, en la parte superior del cuerpo sólo llevaba una especie de tela que le cubría la zona del pecho. Sobre la cara y la piel tenía algunos tatuajes. En el cuello y la boca llevaba un implante casi grotesco. De cintura para abajo llevaba una especie de falda larga que llegaba casi hasta el suelo. Por el aspecto y los implantes visibles, se trataba de una guardaespaldas. La segunda era también una fémina, pero algo más mayor. Iba vestida de una forma elegante, pero juvenil y provocativa a la vez. En su cara tenía algunas marcas bastante siniestras, pero lo más llamativo era su pelo, que despedía cierta luz con un degradado de colores anaranjados. Por último, venía lo que, por su aspecto e implantes, era un técnico. Bajito y delgado, parecía algo asustado. Transportaba algún tipo de maletín que Alest no logró reconocer. Los tres thibs iban hacia donde se encontraban ellos.

–Parecen peligrosas, Ghio –dijo Alest–. ¡Vámonos antes de que lleguen!

–No, tenemos que averiguar qué saben –respondió Ghio–. Podrían conocer algo sobre los ataques a las philias.

–¡Son gente peligrosa! Es mejor no meterse en problemas con ellas.

–Ocúltate detrás de las consolas y agacha la cabeza –le contestó Ghio–. Consigue que el reciclador te dé acceso completo a la red.

El médico los miraba alternativamente a uno y otro sin saber qué hacer. Sabía que estaban hablando entre ellos, pero no podía escucharlos. Estaba muy nervioso, sin embargo, no se había atrevido a mover un músculo desde que Ghio había sacado el arma. Cuando Ghio le habló, se echó para atrás cubriéndose con las manos:

–¡Tú, dale acceso completo al sistema! ¡Y agáchate junto a él y no te asomes!

Aunque de forma algo torpe, hizo lo que Ghio le ordenaba. Se sentó en el suelo junto a Alest y este le fue solicitando las claves. Acababa de obtener acceso completo al sistema, cuando Ghio le avisó. Alest vio en uno de los audiovisuales que estaban llegando a la puerta de la oficina. Guardaron silencio. La de los pelos flamígeros y el técnico entraron en el túnel de acceso, pero la guardaespaldas se esperó fuera. Ghio se colocó a un lado de la puerta, con el arma preparada. Alest no podía verla directamente, pero tenía acceso al audiovisual de la propia oficina. Ghio parecía calmada, todo lo contrario que Alest, que estaba más acostumbrado a huir que a enfrentarse de cara. La thib fue acercándose hasta la segunda de las puertas, Ghio levantó el arma y, justo cuando la peculiar thib entraba en la sala, se la colocó en la sien:

–¡Quieta! –le gritó Ghio–. Si te mueves lo más mínimo, disparo.

La thib pareció congelada. Sólo movió unos grandes ojos verdes en dirección a Ghio.

–¿Quiero saber quiénes sois y qué hacéis aquí? –preguntó Ghio.

–Querida, tengo que decirte que es de muy mala educación hacer esa clase de preguntas sin antes haberse presentado una misma –dijo despacio la thib.

–Te he hecho una pregunta –contestó Ghio–. Dile a tu amiga que no intente nada raro.

–¿Qué amiga? –preguntó la thib.

Ghio miró los audiovisuales. La guardaespaldas ya no estaba. Examinó el pasillo de acceso pero allí sólo estaba el técnico, agarrado a su maletín, protegiéndose con él.

–¡Alest! ¿Dónde está? –preguntó Ghio a través del casco.

–¡No lo sé! –contestó este–. ¡No estaba atento!

–¡Búscala! –respondió Ghio–. ¡Y cierra las puertas antes de que...!

Pero no pudo terminar la frase. La thib que tenía encañonada aprovechó el momento de indecisión de Ghio para contraatacar. El brazo que estaba más cerca de Ghio se transformó de pronto, apareciendo sobre el mismo varias cuchillas. Antes de que Ghio pudiera reaccionar, la thib hizo un movimiento en arco con el brazo intentando alcanzar el cuerpo de Ghio, que tuvo que retirarse rápidamente hacia atrás. La thib dejó de estar encañonada y, con la mano contraria a la de las cuchillas, golpeó el brazo con el que sostenía Ghio su arma, que salió volando y rodó por el suelo. Ghio contraatacó con varios golpes bastante veloces y la thib los tuvo que bloquear, retrocediendo.

–¡Cierra las puertas! –volvió a escuchar Alest que le gritaba Ghio a través de la conexión entre los cascos– ¡Que no se escape!

Alest lo había estado intentando, pero no era fácil debido a que no conocía bien el sistema. Unos segundos más tarde, dio con las inteligencias del sistema y, para no perder más tiempo, les ordenó cerrar todas las puertas de las instalaciones. El técnico había visto toda la escena paralizado. Cuando vio que las dos puertas se cerraban, dejándolo atrapado, le entró el pánico y trató de huir, pero fue demasiado tarde y lo único que consiguió fue golpear impotente la puerta exterior cuando ya estaba bloqueada. Dentro de la sala, Ghio se había colocado cerca de la puerta interior, ahora cerrada, para evitar que la thib se marchara. Allí se había defendido de un par de ataques.

–Sabes, querida, no tengo tiempo para jugar con niñas malas –le dijo la thib a Ghio–. ¿Por qué no me entregas la entina y evitas un sufrimiento innecesario?

Ghio no respondió, por contra, intentó golpearla con una patada que la thib paró con el brazo que no tenía cuchillas. Esta respondió a su vez también con un par de patadas, pero Ghio las esquivó. Luego intercambiaron una serie de golpes con la manos, brazos y codos que ambas bloqueaban o esquivaban. Alest seguía agachado junto al reciclador, que temblaba a su lado con las manos cubriéndose la cabeza. Repasaba los diferentes audiovisuales buscando a la otra thib, sin mucho éxito.

–¡Vaya, querida! Tengo que reconocer que te he subestimado –dijo la thib–. Aunque a partir de ahora vas a tener que dar un poco más de ti.

La thib desplegó cuchillas también en el otro brazo e atacó a Ghio, que la esquivaba como podía. Sus movimientos parecieron aumentar ligeramente en velocidad, con lo que Ghio comenzó a retroceder. No aguantaría mucho, así que Alest pensó en mirar por el lateral de la terminal para ver si él lograba alcanzar el arma de Ghio mientras la thib estaba entretenida con ella. Se asomó con cuidado, pero comprobó que quedaba bastante lejos. Tenía que llegar hasta ella. La thib parecía tener parte de su cuerpo reforzado, por lo que Ghio no lograría abatirla fácilmente sólo usando sus manos, por muy buena que había demostrado ser usando las artes marciales. Intentó gatear hasta la siguiente consola, pero se encontró que el cable del casco, el que tenía conectado al terminal, enseguida se terminó y no le permitió avanzar más. Era lógico, estaban diseñados para conectarse al ciclo. No quería desconectarse, así que tuvo que retroceder y pensar en otra cosa. Seguía viendo a Ghio combatir con la thib a través del audiovisual de la sala. Aun lograba defenderse, incluso contraatacar en algunas ocasiones, pero acabaría por cansarse y cometer algún error. Debía ayudarla, así que intentó concentrarse, reflexionar y buscar alguna solución. De pronto, le vino a la mente una. Era simple y podría funcionar.

Miró alrededor en busca de algo que le sirviese, hasta que se dio cuenta que ya lo llevaba encima. Entonces, se armó de valor y se giró sobre sí mismo, hasta ponerse de cuclillas. Luego, revisó el audiovisual para asegurarse de hacerlo cuando la thib estuviera de espaldas a él y Ghio lo más cerca posible de su arma. Respiró hondo un par de veces y, en el momento que lo consideró oportuno, se levantó de golpe y gritó:

–¡Eh, querida! ¿Quieres esto? –dijo Alest señalando la caja con la entina.

La thib no se lo esperó, como había planeado Alest, ya que no se había dado cuenta de que Ghio estaba acompañada, y se distrajo lo suficiente para que Ghio rodara por el suelo y recogiese su arma. La thib intentó reaccionar arrojándose por encima de una terminal hacia donde estaba Alest, que se agachó protegiéndose instintivamente. Ghio aferró su arma, apuntó y disparó una ráfaga de proyectiles hacia el cuerpo de la thib, que cayó junto a Alest. La thib no estaba muerta, sólo herida en sus extremidades inferiores, así que intentó agarrar a Alest, que se defendió como pudo, dándole patadas. Enseguida llegó Ghio con algo en la mano que no empuñaba el arma y se lo colocó en la nuca a la thib. Inmediatamente, esta dejó de moverse y se desplomó en el suelo con los ojos abiertos. Todo quedó en silencio, salvo por la respiración agitada de Ghio y los gimoteos lastimeros del reciclador.

–¿Has localizado a la otra? –preguntó Ghio.

–No, he revisado varias veces los audiovisuales pero no la he visto por ningún lado –contestó Alest.

–¿Por qué no has usado inteligencias?

–¡Porque no he tenido tiempo de configurarlas!

–Búscala, hay que encontrarla –exigió Ghio–. Pero antes, ábreme la puerta interior cuando te lo diga, me encargaré del técnico.

Ghio se acercó a la puerta pero se colocó a un lado por si el técnico, por algún casual, tenía algún arma o la atacaba.

–¡Abre ya! –pidió Ghio.

–Espera, aun no he localizado la puerta exacta y creo que no te gustaría que me equivocara.

–Nel no tarda tanto en hacer las cosas –le recriminó Ghio.

–Nel es una naghin –se defendió Alest–. Ya está, ya la tengo.

La puerta se abrió y Ghio echó un vistazo dentro. El técnico estaba sentado al fondo, sobre la otra puerta. Cuando entró Ghio, se protegió con el maletín y le suplicó que no lo matara. Ghio lo agarró por una pierna y lo arrastró hasta la sala mientras seguía lloriqueando. Cuando llegó cerca de donde estaba Alest, lo arrojó contra una terminal, junto a la otra thib:

–Vale, si no quieres terminar como ella ya estás contando quiénes sois y qué sabéis de la entina.

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