Libros de Ficción

Aerth Muund 1x01: Encuentro, 1a Parte

por JL Iglesias Feria

19

–¡Yo no sé nada! –dijo el técnico– ¡Sólo me han avisado para que hiciera un trabajo! ¡No sé nada más!

Ghio se fijó en el maletín que aun agarraba el técnico:

–¿Qué es eso? –le preguntó– ¿Qué llevas en ese maletín?

–Tan sólo mis herramientas de trabajo –respondió el técnico, aferrándose aun más al mismo.

–¡Ábrelo! –exigió Ghio.

El técnico no pareció hacerle caso en un primer momento pero, poco a poco, fue poniéndose de rodillas, aunque sin dejar de mirar a Ghio, y depositó el maletín en el suelo. Cuando lo abrió, Alest reconoció lo que era:

–Es un equipo para asaltar entinas thibs –le dijo a Ghio–. Ya sé para qué lo han traído: si no lograban que el reciclador les dijera dónde estaba la entina, lo iban a conectar y sacárselo por la fuerza.

El reciclador, que ahora se había incorporado, miró al técnico con odio. Este miró a cada uno de ellos y luego intentó defenderse:

–¡Ellas me obligaron! ¡Yo no quiero problemas!

–Vale, puede que al final sí que tengas un trabajo que hacer –contestó Ghio–. Prepara tu equipo.

–¿Estás pensando lo que imagino? –preguntó Alest.

–No creo que logre sacarle nada a la thib que queda, por lo que vamos a usarlo con ella –dijo Ghio señalando a la thib con la que había combatido.

–Lo que tú digas –contestó el técnico, que comenzó a sacar el material del maletín y dejarlo al lado de la cabeza de la thib.

–Yo... yo no quiero saber nada de todo esto –dijo el reciclador al tiempo que se echaba hacia atrás–. Yo tan sólo...

El reciclador no acabó la frase cuando un tremendo estruendo inundó la estancia. Las cristaleras volaron en pedazos al tiempo que una gran cantidad de proyectiles barrieron la estancia. Alest se volvió a agachar y sintió como trozos de las terminales destrozadas le caían encima. Tras varias ráfagas seguidas, volvió el silencio.

–¡Ghio! –gritó a través de la comunicación entre cascos–. ¿Estás bien? ¿Estás herida?

–Estoy bien –respondió esta, que se había arrojado al suelo también.

Alest miró a su alrededor. El técnico estaba hecho un ovillo, con las manos tapándose las orejas, en el mismo sitio. Al otro lado, en cambio, el cuerpo del reciclador yacía tendido en el suelo, junto a un charco de sangre que se extendía. Le habían destrozado la cabeza.

–Ghio, el reciclador ha muerto.

–Lo sé, lo estoy viendo –contestó ella–. Tenemos que localizarla o nos matará al resto.

Alest aleccionó al técnico para que se protegiera detrás de la terminal en la que él estaba. También arrastró hasta allí el cuerpo de la otra thib.

–Sigue con los preparativos –le dijo al técnico–. Nosotros nos encargaremos de la otra.

El técnico tan sólo cabeceó nervioso con los ojos muy abiertos en lo que parecía un intento de afirmación. Alest volvió a los audiovisuales. Logró incorporar la inteligencias de su casco al sistema del reciclador para que los revisara. Ahora sería más fácil, porque sabía que la thib no podía estar muy lejos de su posición y eso significaba menos audiovisuales a comprobar.

–Si pudiera ir hasta el ciclo, allí tengo más armas –le dijo Ghio al tiempo que miraba la que llevaba en la mano– pero con esta no puedo hacer gran cosa. Eso si no ha destrozado ya el ciclo.

–No, sigue intacto –confirmó Alest–. ¡Ya lo tengo, está justo enfrente aunque algo alejada! Porta algún tipo de arma larga de proyectiles.

Le pasó el audiovisual a su compañera para que ella también pudiera verla:

–¡Nos tiene acorralados! –se lamentó Ghio–. Como no se le acabe la munición no podremos salir de aquí.

–Espera, ten algo de paciencia, se me ha ocurrido una idea.

Alest se pudo a revisar el sistema del reciclador hasta que encontró lo que quería. Comenzó a reconfigurar algunas partes y, un rato más tarde, tras asegurarse que la thib seguía en el mismo sitio, lanzó una instrucción.

–¡Ya está!

–¿Qué has hecho?

–Mira el audiovisual –respondió Alest–. Si funciona, en un rato lo verás.

Ghio se fijó en lo que decía. La thib seguía en la misma posición y temía que podía estar así bastante tiempo. Pasado el rato, todo seguía igual:

–¡No pasa nada!

–Espera un poco más –respondió Alest–. ¡Ves! Ya a comenzado.

Ghio se fijó y, de pronto, la thib empezó a moverse de forma extraña. Se agitaba y parecía que se sacudía. Ghio miró más detenidamente y apreció que algo se movía por el suelo. La thib comenzó a disparar a su alrededor, de una forma que parecía aleatoria. Entonces Ghio comprendió:

–Son los thebots de reciclado. ¡Has enviado contra ella los thebots que se encargan de la recuperación de implantes!

Alest sonreía mientras fuera seguían los disparos. La thib arrojó el arma larga al suelo y siguió sacudiéndose. La cosa se le complicó aun más cuando labots y bibots comenzaron también a hostigarla. Uso sus armas para acabar con algunos de ellos, pero la superaban claramente en número. En realidad, esos bots no podían hacerle daño, ya que no se lo permitía su programación, pero la thib estaba tan angustiada que parecía haberlo olvidado. La munición se le acabó y no podía correr, porque los bibots y labots la tenían rodeada. Desmoralizada, se dejó caer al suelo. En ese momento, Alest mandó detenerse a los thebots. Por su piel se veían correr chorros de sangre que le habían provocado los mismos.

–Puedes ir para allá y decirle que, o se rinde, o dejo que los thebots acaben con ella –propuso Alest.

–No creo que se resista mucho –dijo Ghio al tiempo que se levantaba de detrás del terminal–. Por cierto, reconozco que eso no lo había hecho Nel nunca.

Alest le abrió la puerta exterior del pasillo de entrada y vio por los audiovisuales como Ghio cogía un arma de su ciclo, se guardaba la otra, y se acercaba a la thib que seguía en el suelo, apuntándola con la nueva arma. Alest escuchó como se rendía y Ghio le colocó un bloqueador similar al que le había acoplado a su compañera en la nuca. La thib se derrumbó inmediatamente.

–Pídele a alguno de tus chicos que la arrastre hasta la entrada –le dijo Ghio al tiempo que tomaba el camino de regreso.

Alest le pidió a los thebots que se retiraran y ordenó a un par de bibots que agarraran a la thib, cada uno de un brazo, y la arrastraran hasta cerca de la puerta exterior. Aunque Ghio parecía muy segura de que no se movería, Alest no terminaba de fiarse, así que asoció una inteligencia al audiovisual que mostraba el cuerpo de la thib para que le avisara si detectaba cualquier tipo de movimiento. Ghio entró en la sala de nuevo y se colgó el arma a la espalda:

–Bien, ahora lo siguiente –dijo en voz alta para que la oyera el técnico–. ¿Podemos acceder ya a la mente de esa loca?

–Aun... aun estoy estructurando... –intentó justificarse el técnico.

–Vale, pues date prisa.

Alest también se había incorporado ahora y reconfiguraba de nuevo el sistema para dejarlo como estaba. No quería que los bots atacasen al primero que se le ocurriera entrar a las instalaciones, o a ellos mismos.

–¿Quién... quién es el que va a...? –preguntó el técnico.

–Yo, yo lo haré –contestó Alest.

–¿De qué estáis hablando? –preguntó Ghio.

–El técnico se encarga de la penetración, controlando que todo esté estable, pero debe ser otro el que sondee la entina en busca de la información.

–Entonces lo haré yo –exigió Ghio.

–No, debe ser alguien con experiencia. Puede ser peligroso –aclaró Alest–. Yo lo he hecho alguna vez con Lu. Déjame a mí.

Ghio parecía reticente.

–No te preocupes –continuó Alest–. Te enviaré la señal a tus gafas para que puedas seguir el proceso.

Eso pareció convencerla. Alest desconectó el cable de sus gafas del sistema del reciclador y se acercó hasta el equipo que había desplegado el técnico alrededor de la cabeza de la thib. Conectó el cable de sus gafas a uno de ellos y le hizo un gesto al técnico indicándole que estaba listo. Este parecía ahora menos intranquilo al tener algo en lo que centrarse y trabajar.

La inmersión fue compleja. La entina estaba bien protegida, y tuvieron que saltarse varias barreras defensivas. Realizaron varios intentos, y en algunas ocasiones tuvieron que dar marchar atrás y comenzar casi desde el principio. Tras un buen rato, logró acceder al área de memoria. Allí sondeó en busca de recuerdos recientes. La thib era la administradora de un local de bibots modificados. La mayoría tenían aspecto de chicas, y las usaban claramente para fines sexuales. Solían permitir hacer con ellas todo tipo de perversiones, siempre y cuando pagaran el suficiente precio ya que, en algunas ocasiones, las bibots no terminaban bien paradas. Un thib, el que había extraído la entina a Niiph, había ido al local esa noche. Estaba visiblemente puesto hasta arriba de nanos y moleculares. Tomó algunas bebidas en el local, rodeado de algunas bibots, y había hablado de más. Había contado como había visto a gente de la hermandad Sbaran asesinar a los jóvenes thibs y arrojar en medio a Niiph, cómo se había acercado él y había arrancado la entina a la philia, cómo la había vendido a un reciclador y había ganado bastante dinero. Dinero que se estaba gastando en ese momento.

La administradora del sitio se percató de que podría ser una información valiosa, así que usó a las bibots para que le sacaran todo lo que el pobre desgraciado sabía. Luego lo habían asesinado para que no se lo contara a nadie más y se habían dirigido a las instalaciones del reciclador en busca de la entina que pensaban vender a un alto precio. El cuerpo del tipo estaba en el vehículo que habían traído las thibs. Pensaban deshacerse de él en el propio centro. Posiblemente, el reciclador y el técnico hubieran corrido la misma suerte.

Ghio grabó toda la información que pudo y le pidió a Alest desconectar. Esto no podía hacerlo directamente, sino que tuvo que deshacer el proceso de inmersión con la ayuda del técnico. Cuando Alest estuvo fuera, Ghio se dirigió al thib:

–Será mejor que recojas todo esto y te largues. Y, por supuesto, espero por tu bien que no le cuentes a nadie nada de lo que ha pasado aquí esta noche.

–¡Lo juro! ¡Lo juro! –gritó el técnico levantando las manos con los ojos muy abiertos.

–Bien, pues guarda todo esto en tu maletín y lárgate ya.

El técnico desconectó sus aparatos y lo amontonó lo más rápido que pudo dentro del maletín. Lo cerró y salió corriendo con él debajo de un brazo.

–Creo que es hora de que nosotros también volvamos a la central –dijo Alest–. Al final hemos conseguido más de lo que pensábamos.

–La hermandad Sbaran –repitió Ghio–. ¿Podrían ser ellos los que están detrás de todo esto?

–No lo sé, no se mucho sobre ellos. Habrá que investigar –dijo Alest–. Por cierto, ¿qué hacemos con ellas?

–Les quitaré los inmovilizadores –contestó Ghio–. Los tengo configurados para que sus efectos no pasen inmediatamente, sino que tarden algún tiempo en despertarse. Para entonces estaremos en la central.

–Muy útiles esos inmovilizadores. ¿Me darás algunos?

–¡Claro! Cuando aprendas a montar en ciclo.

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